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Edgar Neville Romrée

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Discurso para una Academia

1.983 José López Rubio retrata a Edgar Neville

(Historia de una amistad con Hollywood de por medio)

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Foto. López Rubio, Stan Laurel, Oliver Hardy, Ugarte y Edgar Neville
.......vista del público, un enojoso díptero, ya se podía suponer.
    La pieza había sido desautorizada de antemano por la Dirección General de Seguridad, pero Neville escamoteó el
oficio de la prohibición, asegurando a la empresa que estaba permitida. Neville asegura que fue un gran éxito de público. Pero al día siguiente la Policía suspendió las representaciones de aquel disoluto engendro. Neville se quejó de que las autoridades de entonces eran muy severas en esto de la moral.
   En 1921, por un desengaño amoroso, sentó plaza en el cuerpo de Caballería y tomó parte muy directa en la Campaña de África cuando la reconquista de Annual. Fue uno de esos brotes de romanticismo que le daban cuando se le resistía alguna mujer.
   Allá, entre riscos y chumberas, empezó a escribir unas crónicas de guerra, que enviaba al diario  "La Época", de Madrid, que dirigía el ya citado Marqués de Valdeiglesias.
   Había decidido ser escritor. Todo lo que decidía era decididamente. Un día apareció en la redacción de  "Buen Humor", de la que yo era secretario, y me entregó unos artículos humorísticos. Desde aquel momento quedó incorporado a la revista y, desde entonces, fuimos uña y carne.
   Empezó a manejarme con porque yo era un novel tímido novel resuelto e impetuoso. Fuimos con nuestras incipientes tentativas -siempre bajo su diligencia-, redacciones y a las tertulias. El me llevó a la del Café Pombo
capitaneaba Ramón Gómez de la Serna ,que hizo de Edgar una asombrosa  semblanza, allá en los primeros años de  su lanzamiento, que eran los  citados veinte: "La primera impresion de  Edgar Neville es nefasta. El niño  mimado ha salido de su cochecito y se dispara. Se ve que está criado con biberón de leche de elefanta traida de  la India. Después se van encontrando  sus buenas cualidades y un  atisbos rutilantes. Edgar Neville es hijo  del siglo XX. Le tenemos miedo nos propalará, nos admirar; desafiará.
   Adora el éxito y la publicidad  solo por lo que tiene de mención. Si consiguiera que Plutarco  sé ocupase de él, no escribiría ni viviría mas. Jugador de hockey, lleva a la literatura ese vértigo y esa competencia del deporte. Es atropellado, férvido, entremetido. Es gracioso verle aparecer, desaparecer. Es la osadía libre con algo de saltamontes. Con la mayor virtud que se necesita, Edgar Neville , quiere hacer liquidación de la literatura, logrará dar a su talento la confidencialidad  sinceridad independiente en que se  debe fraguar. Tendrá todas las curiosidades, penetrará en todos los escenarios y verá el revés desvanecedor. Viajará, conocerá los mejores poetas de cada sitio, se fumará sus puros y procurará engañarlos con su musa. Yo le tengo afecto y estimación literaria y sé lo que de radiactivo hay en lo que es sesada común en su cabeza. Pero tengo que dar este aviso al mundo entero".    Hasta aquí, la tierna y dura, a la vez, exposición de aquel despierto objetivo fotográfico que fue Ramón, cordial descubridor, adivinador sorprendente,
auspiciador generoso, buen maestro y camarada, catador de todo lo de este mundo y de otros muchos mundos
lejanos, algunos de ellos inexistentes.    En este punto tengo que dejar hablar a Edgar sobre un período en que
estuve muy pegado a él. Hay en sus palabras ciertas confusiones de lugares, personas y fechas, sin la menor mala fe, pero con mala memoria, que procuraré soslayar o corregir en honor a la verdad.    Habla Neville, por su cuenta:
   "Las siguientes comedias las escribí con López Rubio. Una de aquellas comedias fue: ¡Al fin, sola!, que nadie
quiso estrenar. Se la leímos a un autor  muy de moda, que nos propuso  aprovechar el planteamiento para  rehacerla con otro nudo y otro desenlace, firmándola él sólo, como fue, bajo el título de Su mano derecha.
A nosotros ya estaba visto que no iba a servir para nada, y accedimos.'
    Se estrenó en el Teatro Beatriz, de Madrid, no por la compañía del matrimonio Díaz-Artigas, como él dice,
sino por la de Ernesto Vilches, el 3 de enero de 1928, si mi memoria y el ejemplar impreso que poseo no me
infieles. Dice Edgar en sus turbios recuerdos, que el autor antedicho nos dio un pequeño porcentaje. La verdad
es que nos cedió lo que nos correspondía como derechos de autor.
    Sigue diciendo Edgar:
    "Aquello nos dio confianza en que teníamos idea de cómo construir una comedia. En vista de lo cual escribimos
otra más, que se llamó Luz a las ánima Se la leímos a Jardiel Poncela, a quien le gusto mucho, pero no la llegamos a
estrenar."
   Eso era a medias, lo que se le llamaba, en aquella época en que todo se dramatizaba, "el calvario del novel" y
las dificultades que se oponían a un Teatro diferente, quizá entonces aún no conseguido del todo.
   Hicimos otras comedias cortas que íbamos entregando a Gregorio Martínez Sierra, que era director del Teatro
Eslava. Martínez Sierra nos atendía y nos alentaba mucho, pero nunca nos estrenó nada, por las circunstancias
antedichas, ni a él ni a mí, ni a los dos juntos.
   A todo esto seguíamos colaborando con asiduidad en "Buen Humor" y después en "Gutiérrez", como ha
quedado dicho y se repetirá probablemente. Más tarde en el diario "El Sol''y en las revistas de Prensa Gráfica, una empresa importante que editaba "La Esfera", "Nuevo Mundo", "Aire Libre" y "Elegancias ".    Publicamos muchas cosas en un semanario infantil, "Pinocho", y en otro de humor, "Chiribitas", de corta vida, que publicó la Editorial Calleja.    También, en alguno de aquellos años, se representó una comedia corta de Edgar, casi un cuento dialogado, en el Teatro de Mirlo Blanco -del que fui actor-, en el salón de la casa de los Baroja en la calle de Mendizábal, donde vivían don Pío, Ricardo y Carmen Baroja, al fondo de la que estaban las oficinas y la imprenta del marido de Carmen, Caro Raggio, editor de don Pío y de Azorín y de algunos más, padre del entonces niño de calcetines, Julio Caro Baroja.
   La obra se titulaba Eva y Adán, y fue interpretada por una actriz profesional, muy guapa, de origen extranjero, Raymonde de Back, en el papel de Eva; Gustavo Pittaluga, que empezaba a ser compositor, en el de Adán, y Ricardo Baroja en la parte del Ángel encargado de expulsarles del Paraíso.    Publicó en "El Sol", en folletones, una novela larga titulada Don Clorato Potasa.    Y hubo también un episodio poco recordado por lo breve, casi inadvertido. Ramón Gómez de la Serna, que estaba siempre a la caza de novedades aprovechables, nos metió a Edgar, a Jardiel, al poeta de humor Francisco Vighi y a mí, en la aventura  de un programa semanal por la radio, que por entonces comenzaba. Nos pagaban veinticinco pesetas por emisión a cada uno.    El programa consistía en una charla sobre un tema  determinado. Cenábamos en Pombo una noche antes para medio preparar un guión y teníamos media hora de audiencia.    Aquello funcionó mal que bien, más mal que bien, quizá porque el nombre de Ramón todavía suscitaba en ciertos sectores verdaderas indignaciones y porque era una excesiva audacia meterse en los oídos de los hogares
con un humor descoyuntado.    Hasta que, una noche, a Gómez de la Serna se le ocurrió hacer venir al programa a los contertulios de los sábados de Pombo, en directo, como si estuviéramos en el café, para lo cual se llevó tazas, vasos y cucharillas, para dar ambiente.    Los contertulios iban llegando y eran presentados por Gómez de la Serna. Todos gentes conocidas. Se producía el programa de una manera normal. Pero le llegó el turno al pintor Gutiérrez Solana, personaje genial y delirante, del que se tienen que contar algún día cosas increíbles, que las admiraciones y los respetos han eludido. Tenía la costumbre, a peticion o no, de los contertulios, de cantar algún trozo ópera. (Cantaba muy mal pero él afirmaba que lo hacía mejor que Fleta.)    Ramón le invitó a llegar al micrófono. Aceptó, porque a cantar no se negaba nunca y sacó de un bolsillo unos papeles de música. Ya dispuesto a  arrancar, los papeles, que había  colocado sobre un atril, se cayeron al suelo. Don José Solana soltó ante el micrófono un terrible taco, repetido para mayor escándalo. Un taco de los más redondos, seguramente no lanzado nunca a las ondas, como no haya sido años después, en estos últimos años. Se cortó el programa, pero ya era, naturalmente, tarde, y aquella doble interjección acabó con nuestra intervención radiofónica. Poco después Neville marchó a Washington como tercer secretario de Embajada, su primer cargo diplomático. En cierta ocasión, una de sus gracias, estuvo a punto de costarle carrera. Recibió un telegrama del Ministerio, en el que se le comunicaba oficialmente su traslado a Tegucigalpa. Y respondió con otro telegrama que decía: "¿Dónde está eso?"    Una vez ya en los Estados Unidos,
procuró dar el salto a Hollywood, en aquel tren que tardaba cuatro días y medio en su trayecto entre desiertos, pieles rojas, grandes lagos, montañas rocosas y ríos de exagerado caudal. Pidió la excedencia en la carrera y, como había hecho amistades en California, y contaba con su tesón y su suerte, consiguió un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer para escribir diálogos con destino a las producciones en español. Consiguió, como digo, un contrato, y como no se paraba en ninguna barra para lograr aquello que le interesaba o le divertía, dio la lata hasta lograr otro para mí, haciéndome llamar a California, en compañía de Eduardo Ugarte, mi colaborador en dos comedias. Dirigió versiones españolas de buen éxito. Y, no contento con tenerme allí, en la costa del Pacífico, se propuso llevar también a Tono, esta vez resueltamente apoyado por mí. Y allí tuvimos a Tono, que, como llegaba con un dinero fresco y no pensaba en ningún mañana, tomó una casa y se compró, sucesivamente, varios automóviles y varios perros. Su labor no pasó de aportar algunos chistes. Fueron unos meses extraordinariamente divertidos. Buñuel
pasó entonces por allí, contratado también para no hacer nada, y marcharse pronto, como lo cuenta en sus memorias.
   Trabajaban con nosotros actores españoles -Ernesto Vilches, María Fernanda Ladrón de Guevara, Rafael Rivelles, José Crespo, Julio Peña, Juan de Landa...- y algunos hispanoamericanos. Y Gregorio Martínez Sierra. Se volvieron casi todos a Madrid y yo pasé a otro estudio, el de la Fox, donde me quedé varios años a la sombra de las palmeras. Tuve cartas de Edgar y pude seguir sus actividades por los recortes de prensa que me enviaba. Intervino en una película franco-española,La traviesa molinera, inspirada en El sombrero de tres picos. Hizo unos cortometrajes, que llamó Falsos noticiarios y que con los Celuloides rancios, de Jardiel, y Un bigote para dos, de Tono y Mihura, forman una serie de balbuceos del cine de humor en España, por distintos procedimiento y con sorprendentes hallazgos.
   En 1934 estrenó, por fin, una comedia en el Teatro. Fue con Camen Carbonell y Antonio Vico, Margaríta y los hombres, que tuvo muy buen éxito.
   En 1935 hizo su primera película larga, El malvado Carabel, según una de las novelas de Wenceslao Fernández
Flórez.
   En 1936 -mal año para el ejercicio del humor- dirigió La señorita de Trevélez, según la comedia de Arniches, -autor de atisbos, de anticipaciones y de chispazos, bien avistado por Ramón Pérez de Ayala.    Después de casi quince años, Neville vuelve a hacer, de nuevo, la guerra, y se opera, entonces, el impresionante cambio de su físico. En las fotos que me envía a América me encuentro con un hombre distinto. Había engordado una barbaridad de kilos. Algo le funcionaba mal por dentro, que, en lugar de enflaquecerle, como parece costumbre, le aumentaba. Siguió tratamientos para adelgazar, pero, como su enfermedad le producía hambre y él se hacía trampas a sí mismo en los sanatorios en que frecuentemente se recluía, acabó siendo un gordo, con todos los inconvenientes, para el resto de su vida.    Me lo encontré recién salido de una clínica en la que le habían quitado cerca de cuarenta kilos, dejándole
en cien solamente. Se le caía la ropa, estaba fatigado, hundido, jadeante, por el peso perdido, a pesar del peso conservado. Al preguntarle cómo se encontraba, me contestó:    "Mira, me encuentro como una inmensa Dama de las Camelias."
   Colaboró en la aparición de "La Codorniz"'y se lanzó a hacer cine más y mejor, más y mejor que los otro; de su generación.    Pero he de pasar el cine por alto; aquí también. Por todo lo alto que se quiera. A quien desee conocer la cinematografía de Neville como guionista, como director y hasta como productor, con aciertos muy notables, remito al completísimo estudio que ha realizado sobre Edgar Neville a Julio Pérez Perucha para la Semana de Cine de Valladolid de 1982.

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