Grancanariaweb.

Edgar Neville Romrée

Website oficial

Discurso para una Academia

1.983 José López Rubio retrata a Edgar Neville

(Historia de una amistad con Hollywood de por medio)

3

 

Alberto Closas y Conchita Montes en El baile
No me quiero detener en el cine. La dirección da categoría y renombre sólo a los muy excepcionales. El guión,
siendo como es la piedra angular de una película (todo lo demás es interpretación e interpretaciones), no da gloria a un escritor porque se ve envuelto en el cúmulo de elementos que contribuyen a la realización de un film. Su nombre se pierde, en unos rótulos, entre los del escenógrafo, el maquillador, el músico, el modisto y el encargado de los efectos especiales.
   Es el teatro lo que ha situado con eventualidad de supervivencia a éstos del 27, y lo que hizo que sus nombres,
juntos o separados, pasasen a los textos de literatura y al pequeño espacio a que se limitan las enciclopedias.
   En suma, Neville no seria hoy Neville sin El baile, a pesar de sus muchos títulos cinematográficos. Volvió al teatro simultáneamente con dos tentativas: la de Producciones Mínguez,  S. A. en 1941, de la que nos cuenta: "llevé a dos compañías formadas a base de primera actriz, que no encontraron que la parte de protagonista que correspondía tuviera la importancia requerida para su estreno. En vista de eso, la guardé en un cajón".    Enfrascado en sus películas —más bien diría enlatado-, entre dos rodajes, hizo un nuevo intento. Escribió Los  hombres rubios. Y vuelve a referirnos sus cuitas:
   "También se la leí a un par de compamas, que me dijeron que era muy buena, pero que no me la estrenaron. Más tarde, después de hacer en ella varios arreglos, se llamó Veinte añitos y la estrenó Conchita Montes."    "Un día -sigue relatando Neville—, en 1951, empezó a germinar en mí la idea de El baile. Comencé a tomar notas a lápiz y a construir el armazón de la comedia. Cuando lo tuve completo, dicté El baile en cuatro mañanas. La obra se estrenó en Bilbao en junio de 1952. Yo había ido desde Madrid, donde estaba haciendo una película, y me dediqué a observar la cara del público que había en el teatro, que era aproximadamente un tercio de la sala. Y vi cómo la gente se reía
donde yo esperaba y se llevaba el pañuelo a los ojos donde estaba previsto. Y ello me hizo adivinar lo que había de ocurrir después."    Ya estaba en su sazón, en su tute de reyes, en su poker servido y entre lo señorito y lo  madrileño, su gran slam y su ordago a la grande.    Ya estaba ganado para el teatro de nuestras ilusiones. Y aunque todavía el cine le hiciera algunos guiños -como el de llevar El baile a la pantalla, sin la mitad del suceso-, la suerte estaba echada y decidida. Y el éxito, el éxito grande y duradero, el éxito del teatro, en sus manos.
   El baile fue un triunfo. Una de esas comedias fuera de serie que se dan en un siglo y que, al cabo de los años, se
convierten en clásicas.    Las puertas estaban anchamente abiertas, y Edgar no es que se detuviera en los umbrales. Manejaba elementos dispares, con la perfecta dosificación que da la obra lograda, desde el humor al sentimentalismo.
   Sus temas son sencillos. Casi se pueden ir adivinando los efectos por las pocas cartas que se guarda en la manga.
No quiere -si lo hubiera querido tampoco le hubiera fallado- sorprender con manejos de habilidad. Se le ve venir, pero es porque él no pone ningún interés en ocultar su juego.    Plantea una situación de humor -posible o imposible-, y deja llevar, a su aire, sin retorcer nada. La acción se sucede con una lógica perfecta, sin saltos ni tropiezos. Hay un pulso de contención para librarse de todo lo que pudiera ser excesivo. Sin una concesión, sin un mal gusto, sin un mal gesto ni un mal modo. Sus personajes, aún los de carácter popular, son civilizados, como él.    Se queda en "la frase", siempre ingeniosa y desenfadada. No pretende la "risa, risa". Prefiere la "sonrisa, sonrisa", que es como un alegre  suspiro. La risa, más violenta, es como la tos.     Sabemos lo que piensa de todo, sin que sus personajes se esfuercen en comunicárnoslo en largas parrafadas. En el teatro anterior se explicaba mucho. Demasiado.    Jamás trató de moralizar ni de desmoralizar, aunque tuviera más tendencia a lo segundo. Si sus personajes eran así, así había que dejarlos vivir por su cuenta, cada cual con sus defectos y sus bondades a cuestas. Como casi nunca apuraba los desenlaces, sus comedias podían seguir después de la representación y los personajes, allá ellos, podían continuar sus vidas. No condenó a ninguno de ellos ni influyó en sus conductas. En el fondo, como un buen padre, le gustaba cómo le salían y no les llevó nunca la contraria. Para eso estaban los otros personajes, que también tenían, por su parte, algo que decir. El se quedaba como un arbitro condescendiente. Que tuviese más amor a alguna de sus criaturas, era natural. Especialmente a las que había de interpretar la actriz de su vida.    Su mundo teatral era apacible. En los mundos apacibles puede suceder todo, incluido lo tremendo. Pero él se parapetaba en la ironía o se frenaba en el ingenio para no desencadenar tempestades.    Se reía de algunas gentes por su ridiculez, su mojigatería, por seguir ancladas en unos conceptos demasiado estrechos o unas costumbres demasiado  establecidas.    Como jamás trató de reformar ni corregir, se detuvo en la indicación y en la punzadura, dejando a sus personajes con sus cursilerías y sus prejuicios, satisfecho con salvar a los buenos, esto es, a los ilusionados, a los enamorados, a los imaginativos, a los fuera de las reglas aceptadas en que perseveran las personas serias, que son innumerables e inalterables y que, sin un previo común acuerdo, sirven de blanco a aquellos hombres del humor del 27.
   Se ha discutido sobre sus ideas, en especial sobre las políticas, que son las únicas a que la mayoría de los
españoles interesan por encima de todo. Yo puedo decir que no tuvo ideas políticas o, mejor, que las tuvo todas,
que es la acertada fórmula de tener ninguna. Estuvo contra los regímenes que se iban sucediendo en nuestra
Historia, tan diversos, sin ambiciones políticas, que es la más limpia conducta que puede tener un humorista, porque
en cuanto empieza a tener ambiciones y a militar en un partido, deja automáticamente de ser humorista, que
está obligado al desinterés y a la independencia.
  / Edgar, cuando caía el régimen que había, sin presión, combatido, no sólo no le pasaba la factura al sucesor, sino
que empezaba a combatirlo desde el segundo día de su mandato.    Estos humoristas vivieron del poco o mucho dinero ganado con sus éxitos o con las penurias de sus fracasos, pero nunca ninguno de ellos del favor de los
gobiernos constituidos. Porque el humorista del 27 no trató de contentar ni de adular, sino de alegrar.    El mismo Neville toca este punto cuando se plantean sus opiniones:    "Yo no he sido nunca demasiado revolucionado, ni ahora demasiado conservador. La diferencia es que, de joven, se es escéptico del presente y optimista del porvenir y luego se es escéptico del presente y también escéptico del porvenir, con lo puede uno quedarse tranquilo en una posición egoísta y antisocial, pero la verdad es que no quedan ganas de dar batallas, después de haber dado tantas en todos los sentidos.
   Claro que todo esto lo escribo en un día en que hace frío y me duele un pie. Otro día estaría de mejor humor y vería
las cosas de color de rosa, pero tampoco es cosa de esperar que mejore el tiempo para quedar en algo."    En las comedias de Edgar el diálogo fue, como dije, un elemento primordial y renovador al servicio de la situación constantemente.
   Era un diálogo llano, coloquial, sin literatura, en el que quizás se advierta su costumbre de dictar las comedias en lugar escribirlas. Sus diálogos le salían ya "dichos    No utilizó apenas el chiste. Alguna vez se le escapaba alguno, que muy bien pudiera haber sido de otro cualquiera de sus compañeros. De Tono, por ejemplo:
   "- ¿Cómo se llama el niño?
   - Florestán.
   - No es nombre de niño.
   - Es que se lo hemos puesto para
cuando sea mayor."
   Tampoco se niega a lo que, tomado del francés, se llama; "frase del autor". Eso que, en medio de una situación en
que el espectador está inmerso, descubre el artificio de todo aquello, la evidencia de que hay algo detrás, o más bien dentro, que es superior al tono normal de los personajes. La frase pensada anteriormente, a la que hay que hacer un hueco para incrustarla y viene de más lejos que lo que está incidiendo en escena. Así:    "El novio es muy diferente al marido.
Es un marido disfrazado de bueno."    "Convivir es el arte de vivir con las gentes con las que no se puede vivir."
   "Sé bueno con todo el mundo, y generoso, pero sobre todo con los ricos, porque los pobres no te pueden probar su agradecimiento."    Un ingenio en el que se celebra con la sonrisa el acierto de una diana, y con el que podemos quedar deslumhrados, pero que rompe un encanto. Se acaba de descubrir que los juguetes del teatro no los traen los Reyes Magos.    En este pecado -pecado de alarde justo es decir que hemos incurrido todos los del cuadro, porque, como todos los pecados, es la consecuencia de una irrefrenable tentación.
   Con los años, a un tiempo que gordo, se fue volviendo sentimental. Ya tengo dicho que fue el más romántico
de todos, como fue el egoísta más generoso que he conocido.    Y como lo más importante para él era él mismo -nadie aparece más dibujado que él en su obra-, llevó a ella sus melancolías, la del hombre maduro, o algo más, enamorado de una joven. El Antonio de Prohibido en otoño y el Rafael de Rapto son claros ejemplos de este sentimiento con el que se llevó él mismo a los escenarios y que se le acusó en su propio ser cuando se fue volviendo él digamos que más maduro y la joven más joven. Y le picó el capricho -nunca se había privado de ninguno- más que el deseo y se dolió, no sólo en su vida, de no ser atendido, sino que rompió a hacer versos desconsolados como un
Bécquer sesentón. Suyos son éstos, entre muchos y buenos:    "No supe envejecer, no me di cuenta hasta que una mujer me hizo saberlo."    Sintió, como el otro, el frío "de una hoja de acero en las entrañas".    En los personajes masculinos más acertados de su obra, los de  El baile, puso Neville mucho de Neville y, mírese por dónde, a uno se lo llevó de este mundo el amor y al otro la gula. Edgar no quiso separarse de ninguno, se aferró a quedarse con los
dos y fue lo peor que pudo hacer -él, tan inteligente—, porque se negó lo más consolador para su comodidad:
el acomodarse y el ir renunciando suavemente, casi sin sentir.    Le conocí mucho -creo que se nota-, tanto que podría seguir hablando de él y de su obra siempre con algo nuevo. Es lo bueno del caso.  Se suele ser amigo de un hombre o admirar su obra desde lejos. Pero sentir el calor de la amistad y el fervor de la admiración al mismo tiempo es poseer un impagable don del cielo.

La otra generación del 27.

Discurso de ingreso en la Real Academia Españade la Lengua. 5 de Junio de 1983.
(Páginas sobre Edgar Neville).

REGRESAR   caninter@hotmail.com


© 1999-2.015grancanariaweb