Por

NOMBRE: Ana Rosa García Cabezón.

DOCTORADO: Modernidad y tradición en los umbrales del sonoro.

PROFESOR: Luis Fernández Colorado.

CURSO: 2002 – 2003.

Índice

FICHA TÉCNICA.. 3
INTRODUCCIÓN.. 4
BIOGRAFÍA DE EDGAR NEVILLE6
LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS9
Herencia9
La temática y las formas9
La censura12
El tiempo13
Sainete y costumbrismo14
PERSONAJES15
Basilio Beltrán15
El profesor Robinsón de Mantua16
Inés de Mantua17
Don Zacarías17
El doctor Sabatino18
BIBLIOGRAFÍA.. 18


Ficha técnica

Título: La torre de los siete jorobados. 
País: España. 
Año: 1944.
Director: Edgar Neville.

Guión: José Santugini y Edgar Neville en base a la novela de Emilio Carrere.
Producción: Luis Judez y Germán López. 
Fotografía: Enrique Berreyre.
Intérpretes: Antonio Casal (Basilio Beltrán), Isabel de Pomés (Inés), Julia Lajos (Madre de La Bella Medusa), Guillermo Marín (Doctor Sabatino), Félix de Pomés (Don Robinson de Mantúa), Julia Pachelo (Braulia), Manolita Morán (La Bella Medusa), Antonio Riquelme (Don Zacarías), Emilio Barta, Manuel Miranda, Antonio J. Estrada, Julia García Navas, Luis Latorre, Rosario Royo, Francisco Zabala, Luis Ballester, Natalia Daina, Carmen García, José Arias, José Franco y Antonio Zaballos.
Productora: Producciones Luis Judez; German López España y J. Films. 
Duración: 81 minutos.
Música: José Ruíz de Azagra.Cartel
Rodada: En 35 milímetros.
Código de color: Blanco y negro. 
Escenografía y decoradosPierre Schild de “S.E.S.”.
Fecha de estreno en Madrid: 23 de noviembre de 1944, en el cine Capitol.
Permanencia en cartel: 7 días.
Clasificada de 2ª categoría
Constructor de decorados: Francisco Canet Cubel.
Ayudante de dirección: José Martín.
Scrip: Encarnita Jiménez.
Regidor: Cardona.
Segundo operador: Andrés Pérez Cubero.
Ayudante de cámara: Félix Ruíz Mirón.
Vestuario: Peris Hnos.
Maquillaje: Florido.
Sonido: Enrique Domínguez.
Jefe de producción: Fernando Roldán.
Ayudante de producción: Ricardo Nieto.
Estudios: C.E.A., Madrid.
Laboratorios: Madrid Film, Madrid.
Sistema de sonido: Eurocord “N”.
Ingeniero director: León Lucas de la Peña.

Introducción

 

La película de La torre de los siete jorobados se basa en la obra homónima que se publicó en 1924, y que fue en su momento lo que hoy llamaríamos un gran “best-seller”. Ésta obra fue escrita realmente por dos autores, aunque su autoría se atribuyó sólo a Emilio Carerre (Madrid, 18 de diciembre de 1881 – 1947), escritor famosísimo en su época, especialista en historias fantásticas muy irónicas y a veces, incluso macabras. Solía publicar estas narraciones en forma de folletín (muy típico en estos momentos) en las más famosas revistas españolas: La novela corta, La novela de hoy, El cuento semanal, Mis mejores cuentos... 
Sin embargo, y pese al gran éxito que llegó a cosechar, nunca fue académico, y pertenecía a la llamada “Otra generación del 27” (al igual que Edgar Neville, el director y co-guionista de la película La torre de los siete jorobados). Además, era un personaje muy famoso de la vida nocturna madrileña por sus escarceos amorosos así como por su aptitud bohemia (que más tarde llegó a negar) y su interés por el ocultismo, esoterismo, y otras ciencias ocultas. 
Todo esto hacían de él una figura muy llamativa en su momento, algo que ayudaba a dar publicidad a sus escritos, de los cuales había una gran demanda, tanta, que Juan Palomeque, editor precisamente de una de las revistas en las que solía escribir (La novela corta) le compró lo que creía era un manuscrito inédito de una nueva novela. Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula al encontrarse con que La torre de los siete jorobados no era sino su cuento ya publicado unos años antes Un crimen inverosímil más algunas hojas incompletas, retazos de otros escritos e incluso páginas en blanco. Para poder publicar aquello, Palomeque acudió a un joven escritor que empezaba a despuntar en aquellos momentos, Jesús de Aragón, el cual se empapó durante tres meses de la obra de Carrere para poder imitar lo mejor posible su estilo y acabar la novela. 
Haciendo un pequeño inciso, he de decir, que tras leer el libro con un poco de atención, se nota bastante que la parte central (la perteneciente a este escritor fantástico segoviano) es diferente de los primeros y los últimos capítulos (los pertenecientes a Un crimen inverosímil), y de hecho, creo a título personal que la obra ganó mucho con la intervención de Jesús de Aragón
De cualquier forma, y a pesar de no estar escrita entera por Emilio Carrere, logró ser su más famosa novela. Es una historia muy influida por Edgar A. Poe, las aventuras de Sherlock Holmes de Conan Doyle, etc., que se encuentra llena de magia, aventuras, algunas escenas realmente disparatadas para aliviar la tensión... Esto hace que sea una novela a la vez muy internacional y muy local, pues la presencia de Madrid es muy importante, no sólo porque se desarrolle aquí, sino por referencias a personajes típicos (castizos, chulapas, los siempre presentes serenos, cupletistas con sus chulos...) del paisaje de esta urbe, que también aparecen de forma sistemática en las películas de Edgar Neville. 
Creo que ésta pudiera ser una de las razones por las que este director pudo querer llevar esta obra al cine. En muchos aspectos, Carrere y él son almas gemelas, no sólo por sus “vidas nocturnas” y llenas de escándalos, sino por hacer de su ciudad natal una auténtica protagonista de sus obras, pues las películas (y los escritos) de Neville no hubieran sido posibles sin Madrid (igual que las historias y cuentos de Carrere) y Madrid no sería la misma sin estos y otros personajes como ellos típicos de su vida cultural.


Biografía de Edgar Neville

Su nombre completo es Edgar Neville de Romrée, conde de Berlanga de Duero (nacido en Madrid el 28 de diciembre de 1899 y fallecido también en Madrid el 27 de abril de 1967). Su padre fue Eduardo Neville y Rivesdalle, ingeniero inglés llegado a Madrid para trabajar en una empresa de motores; su madre era María Romrée y Palacios, hija del conde de Romrée (el cual le influyó mucho, e incluso llegó a hacer un personaje basado en él, el conde de Mudela) y de la condesa de Berlanga de Duero, título éste último que heredaría Edgar.
Pasó su infancia en los barrios más castizos de Madrid, el cual, como ya he dicho, estuvo omnipresente siempre toda su obra, tanto literaria como cinematográfica. Fue un hombre polivalente que tocó diversos campos (novelista, poeta, articulista, dramaturgo, cineasta) y tenía una cierta afición por la bohemia. Estudió (aunque no por propia elección) Derecho, lo que le permitió ingresar en el Cuerpo Diplomático tras volver de Marruecos, a donde se fue a luchar. Desempeñó el cargo de cónsul de España en Estados Unidos, concretamente en Washington, en 1929. Estando allí, se fue de vacaciones con su mujer e hijo a Los Ángeles, hecho que marcó el resto de su vida. 
Una vez allí, Neville comienza a ser un asiduo de los estudios de Hollywood, en los que comienza a trabajar, coincidiendo, además, con personajes de la talla de Vicente Blasco Ibáñez y Enrique Jardiel Poncela. Eran los comienzos del sonoro y Hollywood solía hacer versiones en español de sus películas para el mercado hispanohablante. Aprovechando su experiencia como escritor trabajó hacia 1930 como dialoguista en varias de estas películas, como El presidio (cuya versión americana era The Big House) o La fruta amarga (versión de Maid and Bill). Pronto se hizo muy amigo de Charles Chaplin, quien le abrió el camino para acceder a otras importantes figuras del panorama hollywoodiense, como Mary Pickford, Douglas Fairbanks, Bebe Daniels, Loretta Young, Adolphe Menjou, Joan Crawford,... de los que aprendió en gran medida el oficio de cineasta. Incluso llegó a rodar fragmentos de Luces de la ciudad, seguramente las únicas escenas que conservamos de Chaplin dirigiendo.
Tras ser despedido por la Metro Goldwyn Mayer (para la que trabajaba), volvió a España, y continuó su labor como dinamizador cultural al crear junto a las figuras humorísticas Tono y Mihura el semanario La ametralladora, foro sin igual para la crítica social y política más ácida y popular. Es en esta época cuando consiguió el reconocimiento a su labor literaria con la novela Clorato de Potasa.
En lo que respecta al cine, se encuentra con que la industria cinematográfica española se encuentra en una situación muy precaria, y sólo puede hacer pequeños títulos cómicos. No conseguirá dirigir un largometraje propio hasta 1935: El malvado Carabel, una adaptación de un texto de Wenceslao Fernández Flórez que fue un éxito comercial, a pesar de ciertas desavenencias entre él y los productores. De inmediato llevó a cabo su segunda película, La señorita de Trévelez (de 1936, según la obra de Arniches). Gracias a estas dos películas, logró situarse en primera línea en el apagado cine republicano y empezar a ser bien considerado como director de éxito. 
La Guerra Civil dio un giro sorprendente a la carrera de Neville, el cual, pese a lo que pudiera parecer, se alió con el sector “nacional”, para el cual llevó a cabo documentales de propaganda durante la contienda y logró prolongar el cine de cruzada con largometrajes de ficción rodados en Italia: Frente de Madrid (Carmen fra i rossi, 1940) y La muchacha de Moscú (Sancta Maria, 1942). 
Sin embargo, en la posguerra vuelve a mostrarse rebelde, y no cede a las exigencias de la industria cinematográfica de la época, manteniéndose apartado de las películas folclóricas y las revisiones históricas de orientación franquista, (que era un tipo de cine muy opuesto a sus preferencias estéticas y narrativas), aunque sí que rodó Correo de Indias (1943) que fue muy aclamada por público y crítica (película histórica). No obstante, creo que es muy interesante leer un artículo escrito por él mismo publicado en Primer Plano[2] (poco después de estrenar La torre de los siete jorobados) donde habla, en respuesta a un feroz artículo que en la misma revista le había hecho Luciano de Madrid[3] al respecto de la crítica que había hecho Neville del cine histórico, y que trata sobre que a él le: “(...) gusta el sainete, la comedia, el drama, la aventura y, como he dicho antes, hasta la historia en ciertas condiciones”. Así, se reafirmaba en sus preferencias por el sainete, pero lograba “quedar bien” con los defensores del cine histórico.
Los años 40 son, por todas estas películas y sus continuas apariciones en la prensa (era un comentador asiduo de películas, espectáculos y galas de la revista Radiocinema) y la radio expresando su opinión, la época de mayor esplendor de Neville. Era un director reconocido y afamado (con películas de gran éxito como las anteriormente comentadas o La vida en un hilo, de 1945) que hizo también varios cortos y un par de títulos menores. 
Con todo, y aunque ya hubiera demostrado su gusto por el sainete, el costumbrismo castizo y el cine de género, todo esto empieza a tomar una forma más concreta en lo que sería su posterior producción La torre de los siete jorobados (1944). No obstante el terrible fracaso de público que fue la película (a pesar de que todas las críticas y comentarios de la época que he podido leer la aplaudían y enaltecían, aunque algunas no se enteraban muy bien de qué iba), Neville siguió intentando seguir con el género policiaco, con Domingo de Carnaval (1945) o El crimen de la calle Bordadores (1946), las cuales tampoco cosecharon apenas éxito. Estas tres películas han sido a menudo vistas como una “trilogía”, aunque personalmente creo que sólo son películas del mismo género sumamente parecidas por ser escritas y dirigidas por Neville, lo cual hace que haya tantas similitudes en ellas, pero no creo que sean ninguna trilogía. 
En 1947 se basa nuevamente en una novela, Nada, de Carmen Laforet, y hace un drama del mismo nombre. A partir de esta época comienza a llevar a la gran pantalla sus propias producciones literarias, y, de esta forma, dirige y escribe el guión de El último caballo, que obtuvo el Premio Festival de Cannes en la edición de 1950; Duende y misterio del flamenco (1952) (premiado en Cannes, atestigua su gusto por lo folclórico),El baile (1960) y Mi calle (1960). 
El Madrid recreado en casi la totalidad de los filmes de Neville suele ser el de los años anteriores a la Guerra, el de su infancia, adolescencia y primera juventud; y es también el que con más viveza recrea en su última película: Mi calle (1960), película testamento homenaje a su ciudad desde un pequeño rincón de ella (la calle de Trujillos, donde el director pasó su infancia). Es una película llena de afecto, melancolía y dramatismo. La preferencia por esa época que terminó en la guerra de 1914 aparece de manera explícita en el comentario de un narrador, constante a lo largo del filme. Pero la finalidad de Mi calle parece estar en el mensaje de simpatía humana que predomina a lo largo de ella, en personajes tratados con cariño, y que se incrementa hacia el final. Después de la guerra, los personajes de esta película coral han ganado en cercanía humana. Pero el ideal de la película, la ficción de un mundo comprensivo, los personajes que olvidan y se acercan, tan presente también en muchos de sus relatos, no puede existir más que en el ensueño de este viejo liberal que, situado del lado de los rebeldes, no siguió luego sus consignas ni se adecuó a sus programas[4] 
Pocos años después de hacer esta película, en 1967, fallecía de un ataque al corazón, y al día siguiente era enterrado en la sacramental de San Isidro. 
Quisiera decir que para entender las películas de Neville, me fue de gran ayuda leer algunos de sus relatos, como Frente de Madrid, F.A.Iy La calle mayor. Creo que Neville siempre pensó que la gente era buena en el fondo, y que ambos bandos podrían reconciliarse de alguna forma tras la guerra, perdonándose y ayudándose (cosa que no fue así en la mayoría de los casos). Sus películas están llenas de gente del pueblo que a menudo sólo “sobreviven” en Madrid, una gran ciudad que les acoge a todos, pero que no puede dejar de ser fría y dura, como toda gran urbe, aunque a veces parezca sólo un pueblo grande. Tal vez por eso Neville suele situar sus películas antes de la Guerra, en su juventud, pues tras ella Madrid se convirtió en un lugar aún más frío, donde miles de españoles de otras provincias tuvieron que emigrar buscando un trabajo, por penoso que fuese, para dar de comer a sus familias, y que a menudo tenían que vivir en la calle, en el metro, o donde pudieran. Neville intentó buscar una realidad más amable que esta, que encontró en aquellos años anteriores a la contienda, pero que, como le criticaban a menudo, ya no eran más que sueños olvidados.

La Torre de los siete Jorobados

La herencia de Neville

Edgar Neville se convirtió en un autor (dentro de todos los campos que tocó) maldito, al igual que Emilio Carrere, lo que hizo que durante años la mayoría de sus obras pasaran totalmente desapercibidas. Sólo la gran labor que muchos investigadores vienen realizando en los últimos años ha logrado que se vuelvan a oír los hombres de estos dos grandes artistas, que tan importantes fueron en su momento.
Posiblemente, la desaparición de sus nombres del panorama cultural se deba a que los caminos que abrieron apenas fueron seguidos por nadie, y sólo ahora, después de 35 años de la muerte de Neville, algunos intentan retomar algunas de las características de su cine, por ejemplo, y salvando la gran distancia que existe, creo que muchos de los personajes de El día de la Bestia de Álex de la Iglesia son muy parecidos a los que salían en películas de Neville (y de otros que también siguieron el camino del sainete), pues intentan ser prototipos algo exagerados de la población que podemos encontrar en las calles de Madrid (como “José Mari”, interpretado por Santiago Segura). Los tipos sainetescos siempre fueron exageraciones de personajes que fueran fáciles de reconocer por los espectadores, y que no necesitasen ser explicados. Esto mismo hizo Álex de la Iglesia, volviendo a situar la acción en Madrid y haciendo de sus personajes estereotipos de ciertos grupos sociales.
Y es que Edgar Neville logró hacer películas muy modernas para su época, como esta de La torre de los siete jorobados, la cual llevaba a la gran pantalla un tema muy en boga en el momento, y sin embargo, que apenas ha aparecido en el horizonte cinematográfico español: El cine fantástico.

La temática y las formas

Aunque es una película difícil de catalogar, creo que la definición de película fantástica sería la más aceptable para ella, pues está llena de muertos que se aparecen a los vivos para encargarles misiones, personajes siniestros (los jorobados), crímenes misteriosos sin resolver, ciudades escondidas bajo el suelo... Es cierto que una de las características más destacables de la película es el humor, que tan fino solía hilarlo siempre Neville y que es un habitual de sus obras, pero la mayor peculiaridad en esta película es sin duda, la fantasía, que va desde el tema hasta los decorados, creando así un ambiente nuevo, de un tono algo azulado que parece recrear esa atmósfera surreal, cargada de ensueño y misterio, que engancha al que la ve desde los primeros títulos de crédito, donde se empiezan a ver las tétricas y oscuras callejuelas por las que camina Malato (que más tarde reaparecerán en el metraje), hasta el último fundido en negro tras el fin del visionado.
Cuando se escribió el libro de Carrere estaban muy de moda las novelas de ciencia-ficción, fantasía, terror, etc., que empezaban a escribirse en España a semejanza de las extranjeras, y que han caído en un olvido casi absoluto, pero que eran tan buenas como podían serlo las que venían de fuera. Se publicaban periódicamente en folletines que aparecían en las revistas para engañar a los lectores y que comprasen las revistas.
Esto era habitual no sólo en España, sino en el resto del mundo (por ejemplo las aventuras de Sherlock Holmes eran publicadas de igual forma, alcanzando tanta reputación que continuaban años y años, y su autor, Conan Doyle harto ya, intentó matar en varias ocasiones a su personaje, teniendo sin embargo que “resucitarlo” el mismo número de veces en el siguiente número de la publicación). Estos folletines tenían tanto éxito que fueron trasladados al cine, dando lugar a los seriales cinematográficos, que durante algún tiempo tuvieron un enorme éxito.
Esto se puede notar muy bien en la novela, pues sus escritores (pues aunque suela referirme a ella por comodidad como escrita por Carrere, no hay que olvidar que la mayoría de la obra está escrita por Jesús de Aragón) hacen constantes referencias a los folletines, al cine, a que algunos pasajes bien pudieran ser escenas cinematográficas... En la película estos detalles se han obviado, por supuesto, pues el lenguaje que se usa no es el mismo, y muchas de estas licencias literarias no pueden ser trasladadas a la gran pantalla.
Carrere era, en estos momentos, toda una figura de referencia en el mundo de la literatura fantástica y, a pesar de que ya habían transcurrido veinte años desde la publicación de la novela cuando Neville quiso llevarla a la gran pantalla, aún era muy conocido. Neville se encargó, junto con Santuguini, de “guionizar” esta novela (Santuguini hizo el guión literario y Neville el técnico y de la dirección[5] ). El resultado fue que tuvieron que hacerse muchos ajustes, algunos debidos a las posibilidades técnicas existentes y disponibles, otros para que la película tuviera ese regusto hollywoodiense que Neville imprimía a todo lo que hacía (con “happy end” incluido donde el chico bueno consigue a la chica guapa), y otros cambios más para contentar a la censura. Esto hizo que la película adoleciera en algunos puntos que en la novela estaban perfectamente solucionados.
Una de las cosas que más necesarias fue el adaptar algunos personajes, eliminar otros, y añadir alguno, pero de esto hablo más extensamente en un espacio dedicado especialmente a los personajes.
Otro de los grandes cambios fue el tratamiento de la muerte. En la novela de Carrere sólo mueren dos personajes importantes (y algunos jorobados en el fuego cruzado con los protagonistas): El aparecido doctor Mantua y Victorio Sabatino. Robinsón de Mantua es realmente asesinado, pero la muerte de Sabatino se produce por un accidente, por la acción de la “justicia divina”. Y nadie más muere. En la película, en cambio, muere el inspector Martínez (de una forma además bastante tonta), Malato asesinado por sus propios compinches, el doctor Sabatino, don Zacarías...
La elección de llevar a cabo esta película seguramente se deba a que Edgar Neville siempre gustó de realizar filmes que se alejaran de lo que se venía haciendo habitualmente en nuestro cine, tocando así los temas menos tratados. A pesar de esto, él nunca intentó hacer cine de autor ni para minorías, pues siempre buscó el reconocimiento, la fama, el que fuesen éxitos de taquilla. Se nota rápidamente en su obra el que aprendió en Hollywood el oficio, y de allí heredó sus fórmulas y tratamientos, lo que hace que sus películas nos resulten siempre muy internacionales. Es indudable que, al desarrollarse en Madrid, están llenas de personajes estereotipados de los que solía usar en casi todos sus filmes, pero sobre ellas hay siempre un halo que nos hace recordar al cine americano.
En esta misma cinta no podemos negar las claras influencias del cine negro y policíaco (Los misterios de París de Sue), al igual que en Domingo de Carnaval o En el crimen de la calle Bordadores. El tipo de planos que usa, el tema, el montaje... todo nos remite a este tipo de cine, lo cual creo que no es de criticar, sino de alabar, pues logró trasponer aquel género a Madrid y hacer que funcionase, pues, aunque no pretende que sus películas sean espectaculares, sí se nota que funcionan perfectamente como una máquina bien engrasada.
La torre de los siete jorobados es una historia fantástica, no real, pero Neville logra que parezca plausible. Madrid está lleno de galerías, túneles, pasadizos... que conectan diferentes lugares de la ciudad, y ya se sabía de ellos desde antiguo. En los años 20, se descubren muchas ruinas antiguas bajo la capital, lo que le dio el pie perfecto a Carrere para desarrollar toda una historia acerca de posibles cuevas gigantescas lo suficientemente grandes como para albergar toda una ciudad.
Más tarde, ya en época de Neville, empezaron a aparecer los primeros libros históricos recopilando todo lo encontrado en las excavaciones llevadas a cabo durante estos años, por lo que fue más sencillo aún para este director recrear visualmente y de forma efectiva esa ciudad, en la que resultaba en esos momentos aún más fácil creer.
Contó para ello con un equipo alemán que había trabajado en películas expresionistas, y que hacen que el decorado, con una iluminación mortecina, adquiera un aspecto de oscuro, tétrico, abandonado y peligroso, lleno de trampas y polvo que los siglos han ido acumulando en los olvidados caminos (como aquella por la que cae el inspector Martínez). No cabe duda alguna de que la elección de este equipo venía dada por el hecho de que ya la novela tiene enormes influencias de este cine, que heredaría sin duda Neville, sobre todo de las películas de Fritz Lang (MabuseMetrópolisLas tres luces...), Murnau (Nosferatu) o Robert Wiene (El gabinete del doctor Caligari). 
Pero sin duda alguna, lo más impactante de los decorados es la torre que da nombre a la película. En la novela es una auténtica torre que se levanta al lado del hotel que habita Victorio Sabatino con su mujer y criados. Sin embargo, Neville retorció más la idea de que la ciudad era subterránea, y esta torre no se alza hacia el cielo, sino que se hunde hacia las profundidades de la tierra en una espiral vertiginosa iluminada de forma muy acertada para que nos dé mayor sensación de altura, bueno, en este caso, profundidad, que se precipita hacia las simas más profundas del sub-mundo que existe bajo Madrid.

La censura

Neville siempre tuvo bastantes roces con la censura, pues intentaba hacer un cine más innovador y con temas más variados que los que se planteaba en general nuestro cine. En este caso los problemas vinieron dados porque “la trama resulta muy rocambolesca, con excesivo contenido fantástico, que la censura pedía fuera atemperado[6] . Se pretendió incluso que hubiese un prólogo y un epílogo que indicasen que todo era un sueño (algo similar a lo que hubo que hacer en la versión americana de El gabinete del doctor Caligari). Sin embargo, Neville logró que esto no se hiciera, lo cual es de agradecer, manteniendo el misterio que había en la novela.
Sorprende esto mucho, pues en un principio, cualquiera que lea la novela y vea la película, puede pensar que los problemas vendrían más bien por otros derroteros que no fuesen “el excesivo contenido fantástico”, porque la novela está llena de críticas abiertas que no intentan esconderse lo más mínimo sobre la policía (que la tacha cuando menos de idiota), sobre cómo se usaban los medios para engañar a la gente y hacerles pensar lo que le interesara al periódico[7] , etc.
En la película, sin embargo, los tiempos han cambiado. Ahora está el régimen de Franco, y la censura no hubiera permitido en ningún caso que se tachara a la autoridad de inepta ni nada parecido, por lo que Neville recalca más otra faceta que ya aparecía en la novela: El Madrid siniestro y oculto.
La gente de la película camina por las calles de Madrid, hace su vida, tiene sus problemas, sus amores... y viven completamente ajenas al mundo que subyace bajo sus pies. Nadie sospecha que bajo ellos se encuentre otra ciudad, desconocida, en la que se perpetran asesinatos, robos, timos... Es un poco lo que sucede siempre en las ciudades: Hay dos o incluso más ciudades dentro de una sola. Está aquella que vemos habitualmente casi todas las personas y las “otras”, las que se ocultan tras esa fachada de cotidianidad. Estas “otras” ciudades son siempre más oscuras, llenas de maleantes, de gente sin escrúpulos que viven al margen de la ley, y que aunque a veces se crucen con nosotros (al igual que hacían los jorobados, paseando por el Madrid, llamémosle, “exterior”), saben cosas que nosotros ni sospechamos (en este caso, la existencia de una ciudad subterránea, la falsificación de billetes, y en el libro, el control de la magia).
En la época, también podía interpretarse como referencias a aquellos que se escondían del régimen, a los que luchaban contra él, escondidos, trabajando en las sombras (tal vez no en una ciudad judía oculta bajo Madrid, pero sí en sótanos, cuevas, pisos francos...) al margen de la mayoría de la población, pero actuando sobre ella al margen de la ley.
Por esto esta película que parece ser en principio sólo un cuento folletinesco, pasase desapercibida a los primeros controles que se hacían sobre el guión, pero no pasó igual en el siguiente, por lo que la película, aunque se dejó estrenar, no fue distribuida en los típicos circuitos comerciales, haciéndola pasar desapercibida (algunas criticas de la época aparecieron cuando ya ni siquiera estaba en cartel) y luego fue simplemente olvidada, sin apenas ninguna referencia a ella, ni siquiera por parte de su director.

El tiempo

El tiempo en las películas de Neville suele ser algo tremendamente importante, siempre presente, siempre preguntándose qué hora es, a qué hora pasó, cuándo sucedió... En la novela de Carrere el tiempo, las horas, los días e incluso los años, son también casi protagonistas, importantísimos en casi todos los capítulos. Y sin embargo, Edgar Neville apenas lo usa en esta película. Cuando más fácil pudiera tenerlo para adaptarlo al cine, menos importancia le da y más lo deja de lado. Es verdad que aún está presente, como en la escena cuando se acerca Sabatino a Inés, su sombra (algo también muy el expresionismo alemán, y que recuerda de nuevo al Nosferatu de Murnau) se proyecta sobre un reloj cuya mayor característica es el tic-tac repetitivo, adormecedor, tan propio de los hipnotizadores.
Sin embargo, los personajes de Carrere se veían siempre “prisioneros” de las horas, de las citas, de las cuentas atrás (en el secuestro de Carlos de Mantua corren contrarreloj para evitar su muerte). En la película, el tiempo se condensa, se acorta enormemente, y todo sucede en apenas unos días. Incluso el muerto es más “reciente” (no diez años, sino sólo uno) y el amor tremendamente rápido, pues ¿cómo podría enamorarse nadie en sólo un par de encuentros fugaces?
Es cierto que también se han eliminado infinidad de sucesos, diferentes tramas, misterios, etc. que aparecían en el libro y que en la película no hubiera dado tiempo a desarrollar, dejando sólo un misterio importante y otro casi sólo mencionado de pasada (la falsificación de moneda, que queda resuelta en un par de frases y en la imagen de la imprenta subterránea), lo cual hace que el tiempo sea casi sólo el que se ve, y por lo tanto no haya necesidad de insistir en él.
Hablando de otro tipo de “tiempo”, el del ritmo de la película, que no nos parece nada rápida, al contrario el ritmo que le imprimió Neville es más bien excesivamente lento para una película policíaca y de misterio. Según Gómez Tarín[8] los planos son exageradamente largos (de unos 15 segundos), además de ser en general encuadres amplios sin apenas uso del campo-contracampo, lo que hace de ésta una película que sea excesivamente teatral, interesada en mostrarnos los diferentes ambientes en los que los personajes se mueven. Este afán descriptivo para encuadrar a los individuos en los lugares que habitan y dotarles así de una mayor significación resulta excesivo, sobre todo para el espectador actual. Es verdad que algunos directores actuales pueden llegar a ser más descriptivos, como Kiarostami o muchos directores orientales, pero en general estamos más acostumbrados al cine americano y al europeo (que ha seguido las directrices marcadas por el primero), mucho más rápido, con planos más cortos que insisten más en los actores y sus rostros, expresiones... y menos en los decorados, que no son sino “fondos” sobre los que se desarrolla la acción.

Sainete y costumbrismo

Aunque a nadie le cabe duda alguna sobre que Edgar Neville (entre otras cosas, porque a él mismo no le daba apuro reconocerlo) hacia películas sainetescas, yo creo que, al menos en algunas de ellas, sólo aparecen referencias a ciertas partes del sainete (como personajes “tipo”), y de hecho, creo que La torre de los siete jorobados es una de las que mejor demuestran esto.
Esta película apenas tiene nada de sainetesco comparada con otras de este autor, excepto la presencia de algunos personajes y algunos otros toques (siguiendo al menos lo que Juan Antonio Carratalá dice en su libro[9] ). Por ejemplo, la aparición de un sereno gallego de fuerte acento (que además son personajes omnipresentes en la obra de Neville) tal como eran la mayoría de la época, según aún recuerdan los que vivieron aquel Madrid. Si se pregunta a cualquier persona que haya vivido aquella época, rápidamente relacionan a los serenos con gallegos rudos, pocos dados a las bromas, muy responsables (pues al fin y al cabo, tenían en su poder las llaves de todas las casas de un barrio y podrían entrar en ellas si quisieran) y que recorrían las calles con sus grandes porras siempre vigilantes. Así los retrata Neville en sus películas, y así aparece igualmente en esta.
Así pues, lo sainetesco creo que queda relegado sólo a algunas situaciones, como las escenas como las de las cenas con la Bella Medusa y su madre o las que se suceden en la comisaria, con chulapas y chulapones dándose gritos e intentado agredirse, que se alejan de la historia propiamente dicha para mostrar un momento distendido y gracioso
Lo que sí sigue presente es el “madrileñismo” típico de Neville. Logra, como ya he dicho anteriormente, combinar perfectamente el ambiente goticista y oscuro de las películas de misterio con otras escenas llenas de luz y escenas cotidianas del Madrid de la época (niños jugando en la calle, gente divirtiéndose viendo el espectáculo de la Bella Medusa...).
En esta ocasión no exagera demasiado los tipos madrileños, que apenas tienen acento “cañí” y cuyas actitudes están más apegadas al tipo detectivesco de las películas policíacas americanas que a la de los chulapos y chulapas de la puerta del Sol.

Personajes

Basilio Beltrán 

Encarnado en la película por el famoso actor Antonio Casal, en la novela, este personaje es bastante tontorrón, crédulo, inocente... Incluso otro de los personajes principales del libro, el del “Duende de la Corte”, piensa para sí un par de veces lo tonto que es este muchacho.
Este “Duende” es sin embargo un auténtico intrépido reportero, que ejerce de “detective” y que es el que descubre gran parte del misterio gracias a su enorme inteligencia y perspicacia, que sirven también para evidenciar más la falta de éstas en Basilio. En la película no existe este personaje, y a mi parecer lo que Edgar Neville hace es fundirlo con el propio Basilio Beltrán y con el inspector Martínez, que ya aparecía en la novela, aunque de forma diferente.
En la película, Martínez es el que ayuda a Basilio en sus pesquisas y le presenta a gente que le pueden ayudar (el policía que le enseña el caso; don Alfonso, que es quien resuelve la escritura de la tarjeta...) y que le acompaña a la Calle de la Morería a buscar a Inés, donde muere en los pasadizos laberínticos de la ciudad judía.
Volviendo a Basilio, cuando digo que en parte se ha fundido con “El Duende de la Corte” lo hago basándome en que ya no es tan inepto como en el libro, sino que es el que descubre casi todo el misterio por sí mismo, empujado por el ansia de encontrar a Inés, de la cual se ha enamorado. O sea, que el amor le haría valiente y decidido, algo que no era antes y que no sucede en el libro (en el libro nos dice que aunque sea un poco “corto”, sí es valiente).
También ha habido otros cambios en este personaje, como el que ya no está tan claro que sea un ludópata, pues aquí juega para intentar ganar algo de dinero para poder llevar a cenar a la Bella Medusa y su madre. Tampoco queda bien explicada la relación que tiene con los jorobados de la ciudad (en el libro todos le buscaban para que les invitase a café), y porqué conoce a tantos de ellos, sólo de pasada, y porque dice que le traen suerte. Porque en este punto sí coincide con el personaje de la novela: Es una persona terriblemente supersticiosa, aunque más atemperado que en el libro. Va con amuletos en los bolsillos, se comenta la mala suerte que traen los tuertos, y la buena que dan los jorobados, teme a los muertos...
En la película tampoco es ya un mujeriego perseguidor de todo lo que lleve faldas, sino que es un joven galante y enamoradizo que primero se enamora de la Bella Medusa (cupletista que sólo le quiere para sacarle el dinero y que la invite a cenar) y después de Inés, la mujer a la que debe rescatar (algo muy manido en el cine de Hollywood), y que, al final, y pese a parecer a menudo un loco ante sus ojos, logra que ella vea sus encantos y también se enamore de él, acabando la cinta con los dos declarándose su amor y besándose, bajo el beneplácito del profesor Mantua.

El profesor Robinsón de Mantua

En el libro era el auténtico dinamizador de la aventura, el que convence a Basilio para que descubra a su asesino. Aquí, es un tío preocupado por la vida de su sobrina Inés (personaje introducido por Neville, que hace variar las motivaciones de Basilio por descubrir al asesino, ya no por un noble ideal de justicia sino por amor), que vuelve de ultratumba para contactar con este joven, que gracias a su desbordada imaginación puede ver aparecidos, para que la salve. Lo cierto es que yo no veo que pudiera ella estar en peligro realmente hasta que no se puso a indagar en los papeles de su tío por ayudar a Basilio a esclarecer los hechos, pues no resultaba amenazadora para los jorobados, pero alguna excusa debía haber para que se conocieran y enamorasen...
La presentación de este personaje es bastante original, y sigue al libro bastante fielmente. Robinsón de Mantua sólo puede llegar a nuestro mundo a través de espejos, que se tornan así en puertas a otras dimensiones, y por lo tanto, la primera vez que le vemos en la película es apareciendo desde el fondo de un espejo casi translúcido y cobrando corporeidad a medida que se acerca. La descripción del personaje es también bastante ajustada a la que da Carrere, presentando una figura alta, vestida de negro, anticuada para su época (cosa, sin embargo, no justificada en la película, pues no han pasado diez años desde su asesinato, sino sólo uno, por lo que su aspecto no tendría porque haber sido tan diferente del resto de personas que circulaban por Madrid), con una alta chistera. La primera pista que da Neville de que este personaje está muerto es precisamente en referencia a esta chistera, en el momento en que la mujer del guardarropa detiene a dos caballeros y les dice que nadie puede entrar con sombrero, todo delante del profesor, mientras que éste les observa y pasa tranquilamente con su chistera.
Junto con la siguiente, en la que Basilio hace referencia a él, y le dicen que no ven a nadie, creo que ya era suficiente para dejar claro que era un fantasma, pero tanto Neville como la novela vuelven aún sobre el tema de forma reiterante cuando no era necesario. Eso sí, una de estas reiteraciones en la película me resulta bastante graciosa, que es cuando se están despidiendo, y Basilio descubre la cicatriz del cuello del profesor, y este le dice que no se preocupe, que fue la causa de su muerte, momento en el que Basilio descubre que es un fantasma y empieza a pensar si no lo habrá soñado todo.
Es un personaje imprescindible en ambas obras, ya que es la “primera” víctima del doctor Sabatino y el que se presenta ante Basilio para encargarle descubrir el misterio. Neville le hace arqueólogo, que no médico, y cambia los motivos de su asesinato (no por venganza por haber dejado morir a la hija de Sabatino, sino por descubrir la ciudad subterránea). Además, le hace gracioso, al introducir su gusto por la Venus de Milo “como mujer”, y le quita un poco del peso de ser un espectro. De todas formas, también aparece otro espectro en la película que sirve también para hacer reír, que es Napoleón, y que da lugar a una escena cómica independiente de la trama central, tan típica de los sainetes.

Inés de Mantua

Es un personaje totalmente nuevo en la película, y que de hecho, es justo lo contrario de las mujeres con las que tiene relaciones (en el buen sentido de la palabra) Basilio en la novela. En el libro las mujeres con las que se relaciona Basilio son de “moral distraída”, como la cupletista la Bella Medusa o Rosa, que según el mismo libro: “(...) no tenía mucho que guardar, harta de recorrer bailes y de andar con los novios por los gabinetes amorosos de los merenderos”[10] . Son éstas mujeres de baja escala social (aunque la Bella Medusa tenga dinero, es gracias al que le saca a los hombres, por lo que no se la consideraba “honesta” ni “respetable” en la época), totalmente contrarias a la imagen de Inés de Mantua, un deshecho de virtudes, mujer inteligente, de clase social alta, elegante, rica, buena, guapísima... Vamos, todo lo que un hombre podría querer en una esposa.
Hay un momento en el que es secuestrada de una forma bastante extraña, por lo quería hacer referencia a ello. El doctor Sabatino penetra por la chimenea a la casa y la hipnotiza de forma muy curiosa: Sin mirarla siquiera, sin decir nada ni hacer nada, y por la espalda de ella. De todas formas, Neville parece querer decirnos que ya la había hipnotizado con anterioridad, pues toma una medicina contra el dolor de cabeza, que parece insinuarse que es producido por las hipnotizaciones (cuando la hipnotiza e intenta matar a Basilio, dice que vuelve a dolerle la cabeza) de Sabatino, que aquí aparece como una especie de enamorado de ella. Esto puede querer hacer una alusión a los poderes mágicos que tenía en el libro, donde era capaz de imponer su voluntad sobre la de otros. De ser así, sería la única referencia a la magia de la película, algo imprescindible en la novela de la que, sin embargo, se ha prescindido totalmente en la novela, exceptuando quizás este caso. No entiendo muy bien el porqué de tener que prescindir de este elemento fantástico que hubiera hecho más interesante la película, pero creo suponer que fue por algún tipo de impedimento, tal vez por la censura.
Volviendo a Isabel de Pomés, quiero decir que su interpretación por lo demás deja bastante que desear, aunque el rol que pretende significar tampoco daba para mucho más. 

Don Zacarías

Este personaje no es muy importante en la película, pero es realmente inolvidable, por lo que he querido dedicarle algunas líneas. Representa a un arqueólogo bastante despistado que no se entera mucho de lo que pasa a su alrededor, y que vive dentro de la ciudad subterránea investigando y descubriendo lo que hay en ella. Es el que ayuda a salir de ella a Basilio, y que, irremediablemente, muere en la destrucción de la ciudad.
Es lo único que queda de un personaje totalmente imprescindible en la novela, el “infatigable viajero”, el profesor Sindulfo del Arco, erudito no reconocido que acaba dando su vida por descubrir dónde se encuentra la guarida de lo jorobados y quién es su cabecilla (aunque la cosa era tan obvia que incluso Basilio lo descubre).

El doctor Sabatino

Es uno de los malvados más “intranquilizadores” de cuantos yo he hallado en las películas españolas. Cuando vi por primera vez ésta película no pude evitar que me recordarse en cierta manera a Anthony Hopkins en El silencio de los corderos, con su frialdad y medidas palabras. Naturalmente, no es un sádico caníbal, pero sí me recordó a este personaje por sus maneras correctas que logran inquietar a cualquiera, pues es el tipo de personajes que hacen que un escalofrío recorra tu espalda cuando le ves con sus ademanes medidos y su sonrisa que parece querer ocultar aviesas intenciones.
Creo sinceramente que fue muy acertada la elección de Guillermo Marín para plasmar este personaje en el celuloide, pues, a pesar de no parecerse nada a la descripción del doctor que nos da Carrere, resulta muy inquietante por lo poderoso de su mirada (que aparece en varios primeros planos), acentuada por el tipo de maquillaje tan próximo al expresionismo alemán que se usó para caracterizarle. Estas escenas recuerdan rápidamente a la terrible mirada del Nosferatu sediento de sangre o del criminal doctor Caligari, imprimiendo la misma fuerza y prescindiendo de la palabra, para subrayarla aún más.
En la novela este personaje era un falsificador italiano que más parecía un nigromante o un brujo con su pelo blanco y lleno de sortijas y amuletos que un buen doctor. En la película bien podría confundirse con un hombre de bien que no le pretende mal a nadie si no fuera por esa actitud hipócrita y resabiada que hace dudar inmediatamente de sus intenciones. Sin embargo, no es el malvado “desturmorgbedo” capaz de matar a distancia a través de su sonámbulo criado (llamado Ercole, y que tiene clarísimas referencias, tanto descriptivas como por su actitud al Cesare de El gabinete del doctor Caligari), sino un jorobado que odia su condición y cómo le desprecian los demás, por lo que se dedica a la falsificación (volviéndose así rico) y a las artes oscuras, para hipnotizar, encantar, o lo que quiera que le hiciese, a una mujer, Inés, que nunca podría tener de otra manera.

El resto de jorobados

 

No hay mucho más que decir del resto de personajes de la película, aunque sí querría hacer un pequeño apunte de los jorobados. Aquí no son tan malos, y para poder vivir en la ciudad subterránea y disfrutar de sus “beneficios” es preciso cometer un asesinato (parecido a la “iniciación” que se proponía en el libro). 
Estos personajes sirven sobre todo para algunos chascarrillos y situaciones cómicas (como cuando dos guardan la entrada de la sinagoga con más miedo que otra cosa) y como enlace entre las personas de “bien” y el mundo subterráneo bajo la ciudad.

Bibliografía

ABC: 22 de junio de 1986.
CARRERE, EMILIO: La torre de los siete jorobados. Prólogo de Jesús Palacios. Madrid, Ed. Valdemar, 1998.
DENAS, R.: La torre de los siete jorobados. ABC, Edición de la mañana, del 28 de noviembre de 1944. Informaciones y noticias teatrales. Pág. 23.
DE MADRID, LUCIANO: Sobre la historia, el sainete y otras cosas importantes. Revista Primer Plano, Madrid, 30 de julio de 1944. Págs. 3.
DEL VALLE, ADRIANO: La torre de los siete jorobados. Director de la revista Primer Plano. Crítica de los estrenos. Madrid, 26 de noviembre de 1944. Año V, número 215.
DIARIO 16: 23 de junio de 1986.
EL ALCAZAR: 20 de junio de 1986.
EL EXTRA SEGUNDO: La torre de los siete jorobados. Sección Allá películas, de la revista Dígame, 28 de noviembre de 1944. Pág. 6.
GÓMEZ TARÍN, FRANCISCO JAVIER: Edgar Neville: Sainete, intertextualidad y anclaje temporal, en La herida de las sombras. El cine español en los años 40. Actas del VIII Congreso de la Asociación Española de Historiadores del Cine (AEHC) Cuadernos de la Academia núm 9, A.E.H.C. y Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, Madrid, 2001. Págs. 219-235.
LECTURAS: 26 de junio de 1986.
LÓPEZ, JOSÉ ANTONIO:Edgar Neville: El primer director español de culto.
M. MÉNDEZ, LENINA: La torre de los siete jorobados: Una obra a ocho manos. Espéculo, Revista de estudios literarios, número 21. Universidad Complutense de Madrid, 2002. 
MUCHO MÁS: 26 de junio de 1986.
NEVILLE, EDGAR: Defensa del sainete. Revista Primer Plano, Madrid, 3 de diciembre de 1944. Págs. 12 y 13.
PÉREZ PERUCHA, JULIO: El cine de Edgar Neville. Valladolid, 27 Semana Internacional de Cine de Valladolid, 1982. 
RÍOS CARRATALÁ, JUAN ANTONIO: Lo sainetesco en el cine español, Publicaciones de la Universidad de Alicante: Universidad, Publicaciones, 1997.
TELEINDISCRETA: Madrid, 21 – 27 de junio de 1986. 
TORRIJOS, JOSÉ MARÍA: Una inmensa humanidad. 
TP: 23 – 29 de junio de 1986.
YUSTE, TRISTÁN: La historia y las historietas de una película española: “La torre de los siete jorobados”. Revista Primer Plano, Madrid, 15 de octubre de 1944. Págs. 12 y 13.
V.V.A.A.: El humor en España: Arniches y Neville. Libro recopilación de las ponencias del seminario El humor en España: Arniches y Neville, organizado por la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Alicante, 30 de junio-2 de julio de 1999.
 

[1] Para más información, acudir a La torre de los siete jorobados: Una obra a ocho manos de Lenina M. Méndez y al prólogo de Jesús Palacios de la propia novela en su reedición de 1998 de Valdemar.
[2] Defensa del sainete, Edgar Neville, revista Primer Plano, Págs. 12 – 13, 3de diciembre de 1944.
[3] Sobre la historia, el sainete y otras cosas importantes, por Luciano de Madrid, revista Primer Plano, Pág. 3, 30 de Julio de 1944.
[4] El cine de Edgar Neville. Madrileñismo y expresionismo, de Miguel Ángel Lozano Campos, recogido en el libro El humor en España: Arniches y Neville, editado por la Universidad de Alicante, 1999.
[5] La historia y las historietas de una película española: “La torre de los siete jorobados”, por Tristán Yuste. Primer Plano, Págs. 12 – 13, 15 de octubre de 1944.
[6] Edgar Neville: Sainete, intertextualidad y anclaje temporal, de Francisco Javier Gómez Tarín.
[7] Esto, por ejemplo, aparece en otra película de Neville también muy claramente: El crimen de la Calle Bordadores, donde el mismo periodista comenta que pondrán por los aires a quien ellos les interese para poner de su lado a la opinión pública. 
[8] Edgar Neville: Sainete, intertextualidad y anclaje temporal, de Francisco Javier Gómez Tarín.
[9] Lo sainetesco en el cine español, de Juan Antonio Ríos Carratalá, Publicaciones de la Universidad de Alicante, 1997.
[10] Pág. 60 de La torre de los siete jorobados de Emilio Carrere.