EL BAILE
por Jesús Jiménez Reinaldo

Hasta ahora os había presentado obras literarias exclusivamente narrativas: “La Puerta del Sol” y “Crónica de una Muerte Anunciada” son novelas, y “De los Archivos del Trasgo”, una colección de relatos breves. La de hoy es una obra de teatro, una de las más exitosas del teatro español del siglo XX y, sin duda, una de las más bonitas desde el punto de vista ético y vital.
Su autor, el madrileño Edgar Neville, uno de los genios de la llamada “la otra generación del 27”, en la que también figuran Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Tono, Álvaro de la Iglesia y Wenceslao Fernández Flórez, fue un hombre polifacético: de familia aristocrática (su título nobiliario era el de conde), sus intereses le llevaron a la carrera diplomática -después de cursar derecho-, a la dirección de películas (también escribió guiones para Hollywood ), y a la creación literaria de novelas y obras dramáticas. Fernando Fernán-Gómez, que trabajó a sus órdenes y mantuvo amistad con él, reconoce “que no se esforzó en disimular en su obra la pereza, la despreocupación y la elegante frivolidad, cualidades que, presididas por el sentido del humor, le adornaban en su vida cotidiana”. Su dimensión humorística, tan importante en su vida como en su obra, la corrobora su colaboración con los semanarios “Buen Humor” y “Gutiérrez”, y la fundación, junto con Mihura y Tono, del semanario “La Ametralladora”.
En este año, se cumple el centenario de su nacimiento y, como le está pasando a Rafael Dieste, ni su figura ni su obra, que no es fácil de encontrar hoy por hoy en las librerías, están siendo recordadas como merece.
De sus muchas películas, que se caracterizan por ser un cine muy español en un tiempo en que nuestras películas trataban de parecer “americanas”, destacan “La torre de los Siete Jorobados” de 1944 (basada en un libro de Carrere, es un relato policiaco extraño, humorístico y laberíntico), “Domingo de Carnaval” (de 1945, es de nuevo una trama policiaca ambientada en el Rastro de Madrid) y “El Último Caballo”, de 1950 (la historia de un hombre que trata de salvar a un caballo anuncia el cine neorrealista español). También dirigió, en 1959, una versión de “El Baile”, que protagonizaron Conchita Montes, Rafael Alonso y Alberto Closas.
Sus obras literarias son muchas y abarcan géneros distintos, como los cuentos (“Eva y Adán”, 1926), las novelas (“Don Clorato de Potasa” de 1929, recientemente reeditada en la colección Clásicos del Humor de la editorial Temas de Hoy; “Frente de Madrid“ de 1942; y “La Familia Mínguez”, 1947) y las comedias (“Margarita y los Hombres, 1934; “El Baile”, 1952; “La Vida en un Hilo”, de la que también hay versión cinematográfica, 1959).
“El Baile”, comedia en tres actos, que se estrenó en Bilbao el 22 de junio de 1952, fue Premio Nacional de Teatro en ese mismo año, y conoció un enorme éxito de crítica y público que la llevaron a permanecer en cartel durante varias temporadas. Los actores que la estrenaron serían casi los mismos que años después intervendrían en la versión cinematográfica: Conchita Montes en el papel de Adela, Rafael Alonso en el de Julián, y Pedro Porcel en el de Pedro.
El mismo Edgar Neville, en su “Autocrítica”, describía así el tema de “El Baile”: “es, sobre todo, una comedia de amor. Si a veces parece que va a seguir el camino de la humorada o del drama, ni lo uno ni lo otro logran adueñarse de la obra; en cambio, el amor, sí, un amor sin tibieza ni disimulo, que a veces se confunde con la amistad y otras con lo que particularmente se llama eso, amor”.
Ese amor y esa amistad son los que unen la historia de los tres personajes principales -en realidad  son cuatro, pero ese es un misterio que se reserva para quien lea el libro o vea la película-, desde su juventud a su vejez: en el primer acto, que transcurre en 1900, son tres jóvenes alegres que se insultan con mucho cariño (“majadero”, “canalla”, “imbécil”, “traidor”, etc.); en el segundo, con veinte años más, tienen sobre sus hombros la dificultosa tarea de envejecer con dignidad y sin amarguras; en el tercero, cuando Pedro y Julián ya son ancianos de pelo cano, su amor por Adela permanece intacto.
Los dos hombres, amigos desde la infancia y ambos coleccionistas de insectos, están enamorados de la misma mujer, Adela, que es honesta, pero frívola, pues no piensa más que en bailes y fiestas sociales, de acuerdo a las normas sociales de la clase burguesa y machista a la que pertenece: “…ya sabemos que nuestra misión principal es estar guapas y bien arregladas; millares de seres trabajan en el mundo para que seamos el adorno del mundo, para que produzcamos un deseo de rapto…” Su pretensión de asistir a un baile de máscaras, vestida con una túnica griega, “indecentísima” según Julián, desatará los celos de los dos entomólogos.
Pero si Pedro, que es el marido de Adela, ya que se casó con ella quitándosela a Julián cuando se hallaba éste en Filipinas, tiene “derecho” a estar celoso, Julián, amigo de Pedro y enamorado de Adela, a la que se declara a la más pequeña oportunidad, incluso delante de su marido, no tiene ninguno: “…usted sabe que la adoro, y porque no hay piropo que valga tanto para una mujer como saber que un hombre muere por ella… Sobre todo si se muere sin esperanzas”.
Pedro, que adora a su mujer y aprecia la lealtad de su amigo, es un hombre admirable por su capacidad de mantener unidos, sin dudas ni recelos, a sus seres más queridos.
“El Baile” es una obra tierna, ingeniosa, llena de buen humor, de ternura, de poesía y espiritualidad, que merece una lectura atenta y cómplice. Como ejemplo, he elegido el final del acto segundo, cuando los espectadores -o los lectores- temen la llegada del drama a la función:
         “Pedro.- Aquí te esperamos; no tardes…
         Adela.- Un minuto. (Antes de irse los mira a los dos y los besa en las mejillas con el más puro cariño; luego los vuelve a mirar un momento.) Gracias por vuestro amor, gracias… (Se va, y en la puerta mira otra vez y les lanza un beso. Los dos hombres se quedan inmóviles, sin soltarse, mirando por donde se fue largo tiempo; después tienen una congoja, y Julián apoya la cara en el hombro de Pedro, que le cubre la cara con un pañuelo.)”
Para aquellos que se acerquen a esta obra excepcional, el tercer acto guarda, en sus repeticiones poéticas y en su absoluta belleza humana, un canto a la vida sencillamente inolvidable.
 mail. Jesús Jiménez Reinaldo

 

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