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Edgar Neville Romrée

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Hollywood y sus primeras peliculas

De la extensa y excelente entrevista hecha por Marino Gómez Santos y que aparece en el libro Doce hombres de
Letras, recogemos aquí los aspectos que se refieren a la primera etapa cinematográfica de Edgar Neville.
Carlos Fernández Cuenca

 

 Voy a casa de Edgar Neville con la ilusión de que cuente su  época en Hollywood, que fue seguramente la más alegre y  divertida de su vida. Le encuentro con Javier Clavo, que dibuja  mucho mientras habla.
 Edgar se sienta en el medio y forma en seguida una tertulia muy  entretenida, que dura hasta las nueve de la noche.
 Me fui a la Embajada a Washington con la alegría de  siempre. No sabía inglés, pero estaba dispuesto a aprenderlo en un voleo y, en efecto, en el tiempo que estuve allí me dediqué a ello con ahínco. Creo que donde más aprendía era tratando de leer los letreros del cine, aún mudo.

 La época del cine mudo nos parece la prehistoria.
 
Yo no he sido nunca un funcionario modelo, y para ello hay  su explicación. Hoy en día se entra en la carrera con sueldo  desde el primer momento; el neófito puede dedicarse a ella  totalmente, sin tenerse que buscar la vida en profesiones ajenas a ella, y, naturalmente, se preparan  mejor y se especializan con más rigor a cumplir su cometido.
 Antiguamente sólo podían hacer esto los que, teniendo fortuna propia, no habían de preocuparse de  ganar dinero. Mi caso era distinto: yo nunca he tenido fortuna, y estuve los diez o doce primeros años sin sueldo, y  después otros pocos más con un sueldo insuficiente. Eran viejos métodos, y a todos nos ocurría igual; pero yo no tenía más remedio que buscármelas, pluma en mano, y por eso no pude concentrarme en la especialidad de mi servicio. Así es que en mis primeras vacaciones, en vez de volver a España, me fui a Hollywood, a ver cómo se cocía eso del cine.

Neville pide una jarra de agua con hielo y varios vasos para los que escuchamos.

No, si aquí hay para largo!... Hollywood es hoy una extensa fábrica, una industria poderosa, entre la cual circulan
temerosamente algunos artistas; pero en mi tiempo era un jardín con palmeras, cocoteros y casitas. Estaba poblada por aventureros, escritores y actores de todas procedencias. Se vivia una bohemia divina, ya que la vida era muy barata y el dolar valia cinco pesetas.

 Estamos pendientes de la palabra de Edgar Neville, que nos arrastra tras su magia de contar las cosas, como saben cuantos le conocen.

Las casitas y los apartamentos tenían precios muy asequibles, y se comía por nada, y el restaurante más de moda entonces, Montmartre, por un dólar veinticinco, permitía comer todo lo que se quisiera. En las cafeterías de los estudios se almorzaba por cincuenta centavos, y la gasolina valía dos o tres céntimos el galón, cuando no la daban de balde, porque estaban en guerra las compañías entre sí... El coche no era problema; las facilidades eran tales, que lo tenía hasta la asistenta negra que venía a hacer mi apartamento todas las mañanas.

Cayó en gracia: traía cartas de gente importante del Este, una de Grace Vanderbilt, y la primera noche de su llegada a Hollywood cenaba con Chaplin, Fairbanks y Mary Pickford, en el Ambassador.

Con ellos apareció Harry D'Abbadie D'Arrast, viejo amigo de Biarritz, que hablaba español sin acento, por ser fronterizo, y que era uno de los directores en boga en aquel momento, después de ser durante varios años ayudante y consejero de Chaplin.

Al día siguiente el grupo que había cenado en el Ambassador se fue a vivir a casa de los Fairbanks, a Pickfair, y a los dos días rodaban una película en broma, sobre un guión improvisado por Edgar Neville, en el que los protagonistas eran, además de los Yebes y Angelito Berlan, Douglas -padre e hijo-, Mary Pickford, Chaplin y otros amigos de allí.

 En pocos días conocimos a toda la colonia cinematográfica, y más tarde, cuando me quedé yo sólo, amplié esos conocimientos y formé parte integrante de varios de los grupos en que se dividía la gente. Desde el primer día simpatizamos de una manera enorme Chaplin y yo: durante los años que pasé allí fuimos los amigos más íntimos, cenábamos casi todas las noches mano a mano, desenvolviéndome como podía en mi inglés macarrónico, que le
mataba de risa, hasta que con él y sus lecciones acabé de hablarlo tan incorrectamente como lo hacía el resto del país.

 Un día Harry le llevó al grupo más divertido de aquellos tiempos, que era el de Marión Davies y W. R. Hearst.

Os  diré que William R. Hearst era una de las fuerzas del país. Su casa estaba ligada por el teletipo con la Casa Blanca, en Washington, y no se tomaban decisiones importantes sin consultar con él. Poseía treinta y siete diarios en el país, un sinfín de revistas gráficas y una fortuna inmensa. Era un hombre que valía unos quinientos millones de dólares, como se decía allí. Marión era su gran amor, y, obstinado en que fuese estrella de cine, había invertido
millones en la Metro para que hiciese películas, pero éstas habrían de ser blancas. Tenía fama de ser un ave de presa, y es posible que lo hubiera sido; pero a mí me apareció siempre como un gigante con ojos de niño, bondadoso y de una gran generosidad con todos y un sentido de la hospitalidad fuera de lo común.

Edgar Neville se marcha y vuelve con un inmenso álbum de fotografías, donde ha pegado con engrudo la parte gráfica de esta historia.

Marion tenía dos casas: una en Beverly Hills, que no habitaba y a la que íbamos a jugar al tenis con sus sobrinos Charles Lederer, hoy gran guionista, y Carole Lombard, que entonces era fea y aún no hacía cine ni era por asomo la bellísima mujer que fue después; Sally Eilers y otras starlets tipo bombón, como se dice hoy. La otra casa de Marión esta en Santa Mónica, a las orillas del mar; era inmensa y allí nos recibía todos los sábados y los domingos que no
subíamos al rancho de Hearst, en San Simeón (San Luis Obispo).

Tanto en un sitio como en el otro solían ser unos cincuenta invitados, que se bañaban en la piscina o en el mar, jugaban al tenis o a las cartas, hablaban y veían la última película salida del laboratorio, naturalmente, aún sin estrenar.

Como el público estaba compuesto por gente muy exigente, al menor fallo de la interpretación sonaban en la oscuridad una broma o dos, alguna risita sardónica, y muchas veces, al encender la luz aparecía llorando y furiosa la actriz aludida, de cuya presencia nadie se acordaba al apagar la luz... Una hora antes de la cena comenzaban a llegar criados de uniforme que ofrecían sin parar mejor champaña  francés y cantidades  industriales  de
Beluga o Malosol. Durante esa hora los criados nos perseguían con su precioso cargamento y he de confesar que
dejábamos alcanzar en seguida.

Los fines de semana en el rancho de Hearst se desarrollaban de un modo fastuoso, como puede verse.

Un tren  formado por coches camas y un vagón restaurante esperaba en una vía muerta, en Pasadena, a que los invitados fueron llegando conforme terminaban su quehacer en el estudio. Los que llegaban antes se encontraban con su caviar y su champaña y la cena servida a la hora que querian. Cuando habíamos llegado todos salía el tren y acostábamos. Al llegar a las cinco de la mañana a  San Luis Obispo, el tren quedaba en otra vía muerta, con la
consigna general de no hacer ruidos, ni tocar el pito, ni dar martillazos en las ruedas hasta que las gentes se fueran
despertando a la hora que quisieran. Entonces se encontraban con un copioso desayuno listo ya y con un Cadillac o un Packard que les llevaba al rancho, distante aún cincuenta millas.
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