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Edgar Neville Romrée

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Hollywood y sus primeras peliculas

De la extensa y excelente entrevista hecha por Marino Gómez Santos y que aparece en el libro Doce hombres de
Letras, recogemos aquí los aspectos que se refieren a la primera etapa cinematográfica de Edgar Neville.
Carlos Fernández Cuenca


Lopez Rubio, Stan Laurel, Eduardo Ugarte, Oliver Hardy y Edgar Neville 

Dice Neville que la finca de Hearst tenía las dimensiones de una provincia española, con dieciocho kilómetros de playa particular. La casa estaba situada en una alta colina, como a seiscientos metros.

  La  casa era una antigua iglesia colonial española, llevada allí en su mayor parte. Tenía un salón enorme y un comedor con una mesa como para un centenar de personas. Todo ello cubierto por inmensos tapices flamencos y franceses del XVI y del XVII, como los de Palacio. Los muebles, los cuadros y la plata eran antiguos, la mayor parte comprados en España por el coleccionista Mr. Wine para Hearst. Luego había dos pisos, con las habitaciones de los dueños y las de invitados, todas amuebladas y decoradas con el mayor lujo y dentro de los estilos españoles del XVI y del XVII.

Edgar Neville nos señala la fotografía de la residencia de Hearst y nos asombramos mucho y lanzamos exclamaciones.

En el inmenso jardín había varios palacetes para más huéspedes. Al entrar en uno de ellos se encontraba uno con el Niño del pajarito, de Goya; con la mesa en que se firmó el Tratado de Viena o con la cama del cardenal Richelieu, con rubia encima. Dos inmensas piscinas, una preciosa, al aire libre, de mármol blanco y negro; otra interior, debajo de las pistas de tenis, con agua caliente para cuando hacía frío. También había una casa de fieras particular y un
 inmenso parque acotado, donde pacían búfalos, ciervos, gacelas, cebras y qué sé yo. Un elefantito enano, que era amigo de todos, tenía como misión tirar de un cochecito, en el que  iba Marión, generalmente, un poco subida de ginebra, tartamudeando bromas para todo el mundo.

A Susana Campos, que asiste a esta conversación, le divierte mucho lo del elefantito enano, y contempla largo rato la fotografía que le muestra Edgar Neville sostiene sobre sus rodillas, como a un pozo de agua.

 Los huéspedes tenían a su disposición un caballo y el vaquero Pancho, viejo californiano que hablaba español, por ser de antigua familia californiana. Podían hacer cuanto quisieran con sólo una condición, que era estar puntuales a las horas del almuerzo y de la cena. El champán y las toneladas de caviar previo hacia mucho para que se cumpliera la consigna.

Todos estamos con el cuello estirado, asomados al album que Edgar Neville sostiene sobre sus rodillas, como a un pozo de agua.

Hearst tenia detalles de una delicadez que mal se avenia con su leyenda negra. Una Nochebuena, la de 1930 , fuimos todos alli sin acordarnos que le 24 cumplia años Marion y , por tanto, sin llevarle el menor regalo; pero W.R. , como le llamabamos, , nos llevó secretamente a un salón y, mostrándonos una inmensa cantidad de paquetes, nos dijo: "Son los regalos que le habéis traído; he supuesto que nadie sabía la fecha de su cumpleaños, y por eso los traje en previsión; pero no decirle que he sido yo, por favor".

 A todos nos es ya familiar W. R. Hearst y nos resulta simpatiquísimo.

Quedamos con Marión como los ángeles, porque todos eran regalos magníficos: sedas, crespones, medias, perfumes franceses, obras de arte... Pero por la noche cada uno encontró en su cuarto una maleta-armario llena de los más caros regalos de las mejores tiendas: pijamas y batas de seda, pañuelos, pipas, encendedores, raquetas
de tenis para nosotros y perfumes costosos y maravillosa ropa interior para las chicas. Era el obsequio con que correspondía Marión...

  La noche del 28 de diciembre la mesa estaba engalanada de modo especial y todo el mundo tenía un gorrito de papel. Edgar Neville no sabía que se festejasen los Inocentes allí; pero no era eso.

Al final se presentó una inmensa tarta de chocolate llena de velitas encendidas, y W. R. se levantó y con su vocecita de niño, esa voz que decidía la política de los Estados Unidos, y de la que dependían infinidad de industrias, negocios y que mandaba de tal modo en la opinió pública, dijo: "Esta noche celebramos el cumpleaños de un amigo extranjero, y no queremos que se sienta desamparado del calor de la amistad lejos de su patria. Se trata de nuestro joven amigo Edgar Neville...". Yo no sabía dónde meterme ni cómo dar las gracias. Todos los invitados en pie, todas aquellas estrellas del cine que tanto había admirado en Madrid, bebieron a mi salud y me cantaron el Happy birthday to you en aquella noche, tal vez la mas emocionante de mi vida...

   Susana Campos le pregunta a Neville:"¿Y de amor?".

Para entonces -le contesta Neville- había encontrado uno de los pocos amores eternos que se encuentran en la vida. Hoy, después de tantos años, aún lo siento dormir a veces en el fondo de mí. Pero no podía ser. Al cabo de cerca de un año de felicidad, no tuvo más remedio que volver a España. Ganaba dinero haciendo argumentos para encargos que me proporcionaba mi amigo D'Arrast, pero ya me había metido en un nivel de vida superior a mis recursos. Por otra parte, mi amor eterno ganaba el sueldo máximo de las actrices del momento, y su estudio me ofrecía un contrato que yo sabía que no era debido a mi valor, ya que aún no dominaba el inglés. Dudé algunas semanas, porque me rompía el alma esa separación, pero no quise caer en la indignidad de cobrar un sueldo debido a otras circunstancias que mi propio  valer, y un día de otoño nos despedimos en la estación, entre lágrimas y besos, porque sabíamos que aquel romance, como dicen ellos allí, se había truncado para  siempre.

 Neville cierra el álbum y lo deja en el suelo, junto a la chimenea.

Vino una época amarga para mí, sin nadie a quien contarle mis cuitas, y las cartas y los telegramas se fueron espaciando cada vez más, hasta cesar del todo.

    En España trabajó y estrenó Dominó, de Achard, al que aún no conocía personalmente. La obra tuvo                  mucho éxito interpretada por Pepita Artigas, en el Beatriz.

A los diez meses, la Metro decidió hacer versiones en español, y nos contrató a Conchita Montenegro y a mí.
Conchita salió antes y yo en un mes de junio radiante, loco de alegría, pues ya iba por mi propio valer y con un sueldo
estupendo. En Nueva York estaba ella, y pasamos una semana deliciosa: pero en Hollywood me metieron prisa y no
tuve más remedio que marcharme; pero ella se vino conmigo. En los tres días de tren me fui dando cuenta de que
algo había muerto en esa separación. Ya no estábamos embebidos en esa nebulosa en que se sumergen los
enamorados en la primera arremetida de la pasión, y al poco de llegar a Hollywood, y en una fiesta en casa de Dolores del Río, lo reconocimos así y nos separamos y estuvimos sin vernos una serie de meses.
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