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Edgar Neville Romrée

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Hollywood y sus primeras peliculas

De la extensa y excelente entrevista hecha por Marino Gómez Santos y que aparece en el libro Doce hombres de
Letras, recogemos aquí los aspectos que se refieren a la primera etapa cinematográfica de Edgar Neville.
Carlos Fernández Cuenca

 

Neville en 1.917

Neville tenía a sus amigos, Harry no estaba en Nueva York; pero estaba Chaplin, que todavía seguía haciendo Luces de la ciudad, en la que Edgar Neville hizo una escena, que luego se cortó como otras suyas, geniales, porque la película resultaba larga. Además fueron llegando españoles, López Rubio, Ugarte, Buñuel, Julio Peña, Tono...
  No pude llevar a Mihura porque estaba malo y pasó dos años en cama. También vino otro de mis amores eternos, el de los veinte años, y nos volvimos a hablar después de tanto tiempo. Para mí nunca las rupturas han sido definitivas. Pasado el amor y el enfado, cuando lo ha habido, he conservado una amistad a toda prueba con mis antiguos amores. Todas son amigas mías, y yo las quiero entrañablemente.

     Después vino la crisis famosa que arruinó a medio país y a Edgar Neville, de paso, pues había metido                todas sus economías en unos valores en los que Chaplin también había picado, después de oír una                       conversación en el baño turco de Douglas, donde iban todas las tardes.

  Los magnates del cine Schenck, Goldwyn y algún otro a los que Chaplin y yo oíamos hablar todas las noches de jugadas de Bolsa fabulosas que nos llenaban de admiración. Un día les pedimos consejo y nos fuimos al cuerno...
 

      Después, Edgar Neville fue contratado por la Paramount para hacer un guión para Chevalier en Nueva York. Producía Ernst Lubitsch, gran maestro, simpatiquísimo, por el que Edgar sentia gran admiración. Dirigía su amigo D'Arrast.

   Deje, pues, la Metro, que ya liquidaba a todos los de las versiones extranjeras, y me fui en el tren con Harry y con Donaid Odgen Stewart, famoso guionista que tenía que colaborar con nosotros. Éste embarcó en Pasadena y trajo un cajón de botellas de champagne para entretenerse en el viaje. Yo, que no bebía, ni en aquellos tiempos en que estaba prohibido no vi el detalle con buenos ojos, pues esperaba que comenzásemos a trabajar en el mismo
tren; pero no hubo medio. Donaid no bajó jamás de las nubes a las que subía con el champagne, como no fuera para telegrafiar para que nos bajasen a la estación de Winslow mejor trucha pescada el mismo día en las Rocosas, y luego a Kansas City para que le llevaran al cocinero del tren el trozo de buey más sabroso de los sesenta mil que sacrificaban cada día.

   Nos dice Edgar Neville que en el cambio de tren en Chicago comprendieron el motivo de todo aquello.

  Donald se nos había perdido, y al poco rato le vimos por el andén, junto a un mozo, que llevaba en un carrito un cajon muy grande....

¿De champagne?

  No; era el cadáver de su madre, que había fallecido el día anterior a nuestra salida, en Los Angeles, y que se lo
llevaba para enterrarla en Long Island...

El trabajo en Nueva York no progresaba y , al cabo de un cierto tiempo y una vez vistos todos los espectaculos, Edgar Neville encontraba que aquello resultaba aburrido si no se tenia trabajo.

 Pero yo solo no bastaba, pues había que ponerlo en buen inglés. Llegó como refuerzo el autor de la obra,
Marcel Achard, y allí empezó esta otra gran amistad de mi vida. Pero tampoco sabía el inglés, y el guión no
progresaba. Fueron tres meses de nervios y, además, me atacó una crisis de insomnio, lo cual no favorecía la cosa.
Cada vez que se había terminado alguna secuencia me enviaban a mí a contársela a Lubitsch, que la acogía muy
bien; pero como yo escribía mi diálogo medio en inglés, medio en español, no acababa de entender nada y
terminábamos por morirnos de risa, pero sin resultado  positivo.

Durante una temporada se presento en Nueva York la banda de Mr. Hearst. Venia con Marion y veinte invitados, camino de Europa. Habian tomado el puente de lujo del Bremen para ellos y sus huespedes y los iban a pasear por Europa durante un mes, con todo pagado.

 Yo recordaba que aquí, en el café, cuando cada cual se paga lo suyo, se llama a la americana...

  Nos reímos, tomamos más vasos de agua con hielo y Edgar Neville se dispone a terminar el relato de esta etapa de su vida porque acaba de acordarse que ha tomado entrada para el cine, que ahora comienza muy temprano.

Hearst y sus invitados se marcharon una noche a las doce y fuimos todos los amigos a despedirles al barco. Allí estaba un tipo muy gracioso, pequeño, que siempre tenía una curda imponente, Eddie Kane; nos dio tal lata que le pusimos a dormir en un camarote vacío y no le avisamos cuando zarpaba el barco y amaneció al día siguiente sin pasaporte, sin más ropa que el esmoquin y, por supuesto, sin dinero, en alta mar.

  Un día convinieron en abandonar la película. Neville le dejó su trabajo a Lubitsch, que, más tarde, lo utilizaría para un fílm parecido. Se volvió a Hollywood.

Allí sólo quedaba Tono. A todos los demás les habían comprado el contrato y se habían vuelto a España, pero a Tono se lo habían renovado, porque nadie sabía en calidad de qué estaba allí, si de guionista, o de actor, o de director... Tono estaba allí de amigo de Conchita Montenegro y mío. Una vez que Tono se hubo gastado el dinero en un perro que se trajo y en un golf miniatura que se le olvidó allí, nos volvimos juntos a Europa, jugando al back gamón y peleándonos. ¡Y con veintitantas maletas grandes cada uno...!

 A todos nos ha pasado la tarde sin darnos cuenta, pero Neville no está dispuesto a llegar tarde al cine y nos marchamos todos juntos a la calle. Voy con Edgar Neville al almuerzo que un grupo de amigos le                           ofrece a Guillermo Marín, con motivo de su viaje a Buenos Aires. El agasajo se celebra, naturalmente, en el restaurante Valentín, con palabras de Félix Fernández a los postres. Aunque los asistentes estaban citados a las dos de la tarde, y entre ellos había algunos actores que se levantan tarde, Edgar Neville y yo nos encontramos solos en el comedor reservado.
Si quieres,  aprovechamos  mientras  llega  la  gente.

¿Qué labor habías hecho en Hollywood?

 Lo  más importante, la dirección de El presidio, utilizando los encuadres de la versión americana, y cinco o seis guiones más. Desde allí seguía mandando artículos a España, especialmente a ABC. También terminé de escribir en Hollywood mi novela Don Clorato de Potasa.

Llega José Osuna con su mujer, que nos saludan y se van para no interrumpir la vida.

 El  volver a España siempre era una delicia, sobre todo que me pasé el resto del verano en Biarritz, que, a la sazón, conocía su máximo esplendor. Y luego, ya en septiembre, con las primeras lluvias, volví a este Madrid, que siempre fue mi verdadera casa.

Le pregunto a Edgar Neville que cómo le recibieron sus amigos de Madrid, a su vuelta de Hollywood.

Algunos me preguntaban cosas de allá; otros no me perdonaban el haber ido, y hacían como si no se hubieran enterado de la aventura que habíamos corrido todo el grupo de españoles. Pero al poco tiempo me llamó una curiosa y pintoresca señora, doña Rosario Pi, y me preguntó si tenía inconveniente en dirigir unas pruebas cinematográficas para que desfilaran unas chicas muy bonitas, a fin de que las vieran en el extranjero. Yo acepté, porque todo lo que era cine me divertía, y sin guión escrito, improvisando unos sketchs sobre diferentes fondos, hice una serie de escenas con unas chicas que, verdaderamente, eran muy guapas.

    Ahora llega Manuel Dicenta, que nos dice que ha estado ensayando Fuenteovejuna en el Teatro Español hasta las  cinco y media de la madrugada.

 Doña Rosario, a pesar de una ligera enfermedad que le hacía andar con un bastón, tenía alma de productora, pero
carecía, desgraciadamente, de cuenta corriente. Nunca se pudo averiguar cómo movilizaba cada diez o quince días un
operador, unas cajas de negativo, unos proyectores y demás personal técnico que necesita una película, por modesta
que sea. Ni yo ni los artistas cobrábamos un céntimo, y lo hacíamos todo por afición, por ayudar a esta atrevida
señora. Los decorados tampoco había que pagarlos, porque doña Rosario convencía a los dueños de diferentes casas, entre ellas, a Perico Chicote y a Ricardo Urgoiti, que nos prestó los sótanos de sus oficinas para que se nos dejase filmar allí.

   Otra interrupción, aunque breve. Llega José Vicente Puente, a quien hacía muchos meses que no veía.

 La gente era más inocente que ahora y no sabía que casa por donde pasa un equipo de cine, con sus travellingsy sus proyectores, es casa en donde no vuelve a crecer la hierba, a menos que se trate de un salón, en cuyo caso suele crecer la hierba a través de las grietas y agujeros que han hecho en el parquet.

 Edgar Neville seguía haciendo sketch tras sketch, y hasta escribió una canción que se hizo muy popular, titulada Yo quiero que me lleven a Hollywood, y que cantó todo Madrid.

 Las escenas no tenían gran coherencia entre sí, y como no existía ni la menor idea de guión, nunca se supo cómo montarlo; pero había cosas sueltas bastante graciosas, como el desfile de una casa de modas para caballeros y algunos planos que ilustraban la canción. Por ejemplo, uno en el que aparecía una señorita en el baño.

Neville va a contarme cómo se rodó esta escena, porque dice que resume toda la picaresca de los principios del cine  español.

  La señorita, desde el baño, debía cantar esta única frase: ...yo sirvo también..., pero había que encontrar el baño propicio, con el suficiente tiro de cámara y el espacio para colocar proyectores. Entonces doña Rosario se fue a una tienda de material sanitario, en la calle de Caballero de Gracia, para que nos dejasen utilizar una soberbia bañera que estaba en el escaparate durante las dos horas que echaban el cierre para ir a almorzar. El pobre señor de la tienda de material sanitario accedió a ello, y a la una de la tarde instalábamos la cámara y los proyectores. Se bajó el cierre y se cerró la puerta para evitar aglomeraciones.

Entra en el comedor Celia Gómez, promotora de este agasajo, a quien todos nos apresuramos a saludar.

 Sigamos. En seguida se requirió la presencia de la señorita para que se metiera en el baño. Una vez que estaba dentro, caímos en la cuenta de que había que traer el agua caliente en cubos desde los pisos de la casa, pues el baño no estaba instalado. Esta labor duró unas cuatro horas y no se pudo abrir la tienda por la tarde. Cuando ya llegó el agua a la altura imprescindible se fue a buscar jabón para disolverlo, lo cual llevó una hora más. La señorita dijo su frase y se marchó envuelta en una manta a tomarse un tubo de aspirina mientras nosotros recogíamos los bártulos y nos marchábamos huyendo antes de que cayeran en la cuenta de que aún quedaba la ingrata labor de vaciar la bañera, también por el procedimiento del cubo y de la esponja. Al día siguiente, cuando comprobamos que doña Rosario no estaba herida siquiera, respiramos con tranquilidad.

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