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Edgar Neville Romrée

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Hollywood y sus primeras peliculas

De la extensa y excelente entrevista hecha por Marino Gómez Santos y que aparece en el libro Doce hombres de
Letras, recogemos aquí los aspectos que se refieren a la primera etapa cinematográfica de Edgar Neville.
Carlos Fernández Cuenca

Neville en 1.917

  Así continuó de quince en quince días el rodaje de aquella absurda película, y después de un jeroglífico montaje, Neville se marchó a París para impresionar la música y algunos diálogos, pues entonces no había aún aparatos de sonido en España.

 Yo  le pedí a doña Rosario que no pusiera mi nombre en los titulares del film, pero no hubo medio y se estrenó en el Callao, exponiéndonos a la vindicta pública. Pero la gente se rió mucho, se aprendió de memoria la canción y no ocurrió nada. Misterios de la Naturaleza.

Aquel mismo verano, Edgar Neville hizo una película corta llamada Falso noticiario, que posteriormente le fueron copiando todas las casas americanas, y que era una parodia de los y noticiarios al uso, con escenas realmente graciosas.

La financio Jose Ignacio Valdeiglesias y yo contribui a la produccion capitalizando mi guión y mi puesta en escena. La película costo cinco mil pesetas. No era excesivo pero no las recuperamos jamás, a pesar de lo mucho que se dio, con éxito, en muchas de las salas de España.

¿Y sentimentalmente qué pasaba Edqar-?

Pues que poco después tuve el encuentro definitivo de mi vida. Vi asomados a un tren en el que yo tambien salia,  los ojos más bellos que jamás he visto y a los que no he dejado de mirar desde entoces

Seguía siendo inquieto, y al poco de su regreso a España empezó nuevamente a actuar. En el Alcázar se estrenaba La traviesa molinera, una gran película, dirigida por D'Arrast en España, sobre un guión y unos diálogos de Edgar Neville Era sencillamente. El sombrero de tres picos, rodado en Arcos de Ía Frontera. La película estaba llena de humor, de gracia y de autenticidad. Fue, por muchos años, la mejor película rodada en España.

También estrené con Vico y la Carbonell mi primera comedia, Margarita y los hombres ,y el éxito del estreno fue apoteósico. Había una señora en el publico que me gritaba en los entreactos ¡Moliere!... ¡Moliere!... Y me abrazaba, y a mí me daba una vergüenza horrible y no sabia donde meterme . La critica fue unanime, y dijeron casi las misdmas cosas que 18 años despues, cuando estrene El baile.

Hizo también otra película corta, Do-re-mi-fa-sol-la-si o El día de un tenor. Era uno de los primeros intentos de cine humorístico en España y también gustó mucho, y a consecuencia de este éxito Neville fue contratado por Ulargui para una película larga, El malvado Carabel.

 Fue interpretado el papel principal por Antonio Vico. La adaptación de la estupenda novela de Fernández-Florez era buena, pero, desgraciadamente, en las productoras siempre hay quien opina de lo que no sabe, y convenció a Ulargui de que la película ocurría entre gente pobre y que al público lo que le gustaba eran bailes, escotes y ambiente lujoso. Como yo no tenía aún autoridad, me obligaron a poner al final una secuencia con un baile en el Palace, que le sentó a la película como a un Cristo una pistola. Menos mal que los primeros siete rollos eran muy buenos.

   Al terminar esta película comenzó otra para Atlantic Films, La señorita Trevélez, sobre la obra de Arniches. Como ésta resultase corta, le añadió Neville un tercio más, y ante de realizarlo quiso someterlo a don Carlos, que era de los pocos autores de su época por quien sentía una admiración sin límites.

  Don Carlos aprobó mi trabajo y me dijo cosas sobre mi diálogo añadido que me dieron una confianza y una satisfacción tremendas.
 

   Siempre he leído y he oído decir que los diálogos de Edgar Neville son una de sus grandes facilidades literarias. Este secreto mágico que se tiene o no se tiene, pero que no se aprende, le ha servido para lograr grandes éxitos.

 Lo agradezco mucho, porque me sale espontáneo, y la espontaneidad es muy peligrosa a veces. El malvado Carabel se estrenó con un éxito muy grande, antes de la guerra. Después hice La señorita Trevélez.

 Cuando salimos hacia la calle le pregunto a Edgar Neville por los ojos que había visto en el tren.

  Estaban en clase; pero como en aquel tiempo la vida no era aún cara, con parte de lo que gané en la película me fui a la salida del colegio.

¿Y para eso necesitabas dineros?

Es que el colegio estaba en Nueva York. Así es que me mi a Hollywood a pasar un mes y volver a ver a mis amigos después de cinco años y, de paso, a poner ante aquellos ojos aquel panorama y su constelación de estrellas. Como siempre, mi acogido con los brazos abiertos por todos ellos, y Douglas me envió su coche al saber mi llegada. Al día
siguiente vi a Chaplin, que acababa de volver de la vuelta al mundo con Paulette Godard. Pero con Paulette o sin ella siempre pasa lo mismo. Desde aquel día no nos separamos de él.

¿Y el antiguo amor eterno?

 Estaba casada, pero cuando se enteró que le estaba enseñando el país a una chica muy guapa y casi una niña, puso el pretexto de un viaje para que no la viera. Fue Paulette, con esa buena intención femenina, la que me aclaró esto último.

Edgar Neville llega a Madrid el día del asesinato de Calvo Sotelo.

El ambiente era insoportable; hacía calor y todo el mundo se odiaba...

Entramos ya de pleno en los comienzos de la guerra. Edgar Neville me dice que para explicarse la guerra y la actitud en ella de gentes como él es necesario hablar un poco de lo que la precedió.

  Hubo mucha gente que sin perder el afecto personal a don Alfonso XIII, que era todo bondad y simpatía, habíamos acogido la República con la esperanza de que esta forma de gobierno calmase la lucha permanente de los españoles entre sí, y que en vista de la carencia tradicional de grandes políticos los sustituyesen por un código de leyes, con las cuales se dejase poco margen a su menguada capacidad personal. Poco a poco nos había ido ganando la desilusión. No se hacían más que disparates, concesiones a la demagogia y no se resolvía ninguno de los problemas candentes con autoridad. Además, el régimen iba siendo socavado cada vez más por un trabajo comunista más o menos solapado. Ese margen de confianza terminó al triunfar el Frente Popular, porque entonces el régimen se convirtió en una dictadura policíaca y el individuo se vio desasistido del apoyo del Estado, que contemplaba inerme atracos, incendios, asesinatos y, sobre todo, una cosa intolerable: el continuo atropello de los trabajadores que cumplían con su deber y efectuaban su trabajo normalmente.

 Edgar Neville va conduciendo su coche. Voy sentado a su lado, escuchando todo cuanto me dice, sin darme cuenta casi por las calles por donde pasamos.

 Todos los días había algún albañil apaleado por sus compañeros por haber colocado más de los cinco ladrillos que tenían la consigna de poner. Más de un obrero ascensorista había sido maltratado por arreglar un ascensor que no funcionaba, y así, por ese orden, todo...

 Al pasar por la Gran Vía, entra Neville en una tienda de objetos de regalo y sale con un enorme paquete. Como al lado hay una papelería, inventa un pretexto para entrar y comprar tintas, bolígrafos, papel satinado y otros caprichos.

Es natural -me dice mientras deja sus compras en el asiento de atrás del coche- que las personas de espíritu liberal reaccionáramos en contra. Yo hablé de esta cuestión en el Parlamento con Azaña, al que conocía desde hacía muchos años de una de las tertulias del Henar, y me dio a entender que no podía luchar con ello..., que no se atrevían... La reacción nuestra era bien sencilla: había que volver a la Monarquía de Alfonso XIII, que habíamos injustamente derrocado.

¿Qué hacías al estallar la guerra?

Prestar mis servicios en la sección de cifra del Ministerio. Un día llegó a mis manos el telegrama circular que debía de enviar a todas nuestras representaciones con la lista de un nuevo Gobierno propuesto por Azaña. En él entraban elementos moderados y se dejaba fuera a los comunistas. Era un Gobierno para pactar la paz, para parlamentar con el Generalísimo. Pero a la hora se recibió la orden de anular el telegrama. Había vencido la fracción socialcomunista, con Largo Caballero, el cursi de Álvarez del Vayo y compañía...

 Pasó Edgar Neville más de mes y medio en el Madrid rojo y estuvieron a punto de fusilarle.

Estaba con el doctor Oliver en El Molar cuando veníamos de recoger de una finca de los alrededores a un cuñado suyo y a un chaval amigo suyo que se estaba muriendo de pulmonía. Yo llevaba una extensa documentación, que me había procurado en diferentes sitios y que me salvó varias veces; pero el insensato de Oliver sólo llevaba el carnet del Madrid F. C. y casi lo asesinan aquella noche.

Me río mucho con la broma del carnet.
Oye, que te digo que es verdad. Nos salvó de aquellos brutos la reacción violenta de Conchita, que no me había dejado ir solo a esa misión y se había unido a ella y que empezó a insultarlos a todos con tal fuerza y autoridad, que decidieron aplazar nuestra ejecución y telefonear al ministro de la Guerra, para probar nuestra identidad. Después de un momento de angustiosa espera, el alcalde, que tenía el auricular, tomó un tono muy respetuoso y dijo: Está bien, señor ministro; serán puestos en libertad inmediatamente. Y colgó el aparato, poniéndonos en libertad, a pesar de la contrariedad del mediquillo joven de El Molar, que se quería cargar al doctor Oliver. De paso, metieron a empellones en el calabozo a un borracho que con un enorme cuchillo de cocina quería efectuar nuestra ejecución a mano.

Llegaron a Madrid sin salir de su asombro, pues nadie conocía al ministro de la Guerra. Al día siguiente, Edgar Neville supo lo sucedido. Un decorador de cine, Vicente Petit, estaba haciendo antesala en el Ministerio y, de pronto, se había puesto a sonar el teléfono. Lo había cogido él y, al oír el nombre de Edgar Neville, había dado la orden de libertad...

La vida y la muerte dependen, a veces, de casualidades.

Sería largo de contar cómo se las arregló Neville para tomar el último avión de la Lufthansa, pero el caso es que a los pocos días estaba en Londres, en la Embajada roja y en contacto con Portazgo y Santa Cruz.

Me fui en un rápido viaje a París, desde donde Achard le envió un falso contrato de cine a Conchita, para que ésta se escapara también. Para entonces, Álvarez del Vayo, ya ministro de Asuntos Exteriores, me tendió una trampa para fusilarme y me llamó a Madrid, pero yo le había sorprendido en una conversación por teléfono y no piqué, y dejé al cretino sin darse ese gusto. Además, en aquella Embajada roja no había más que un rojo de verdad, un tal Plaza,
de Murcia.

No puede extenderse más sobre esta etapa. Volvió a París sin dinero, trabajando en guiones y en un estudio regalado por un amigo. Luego en Bélgica, en casa de su tío Romrée; luego, en San Juan de Luz.

Y, por fin, y cuando era oportuno, entré en España y me fui al frente de Madrid, donde viví un año de compañerismo con Gregorio Marañen, Alfonso Sánchez, Arazomena, Gil de la Vega, Sainz de la Hoya, Solano, Cepeda, Gasset y varios más. Mentiría si dijera que no me divertí como un loco con los amigos y con las excursiones nocturnas a la Universitaria, donde nos recibía fastuosamente el estupendo Ríos Capapé.

Hizo Brunete, estuvo en la toma de Bilbao. Durante la segunda parte de la campaña le pusieron al frente de un equipo de cine de vanguardia, para tomar escenas de las ofensivas. Iba con el operador Ruiz Capilla y con el ayudante de éste, Aurelio Torres.

Entre otras acciones, hicimos el Ebro, la sierra de Pandols, y la conquista de Cataluña, que algún día contaré al detalle, porque vale la pena. Como buen español, luchaba más en contra que por. Luchaba en contra del porvenir que me habían hecho entrever los siete meses de Frente Popular y por recuperar la paz y la tranquilidad que había conocido hasta mil novecientos treinta y uno.

¿Trabajaste algo durante la guerra?

Yo he trabajado siempre; es ya una especie de vicio. Más o menos, he tenido toda mi vida una novela, un guión o una comedia entre manos. Cuando parece que estoy de vago es porque no la tengo resuelta en mi cabeza y la estoy dando vueltas, y ésa es precisamente la parte más penosa de nuestra profesión; supongo que a los demás escritores les pasará lo mismo. En París había vivido adaptando para el cine, en francés, novelas inglesas que me entregaban los productores; era goloso...

También traducía sus propios cuentos, que se publicaban inmediatamente en periódicos y revistas.

Luego, en la segunda parte de la guerra, sólo salía para el frente cuando me avisaba Viñolas, jefe de Cinematografía, que iba a haber fandango. El resto del tiempo lo pasaba en San Sebastián, donde Miguel Mihura, director de "La Ametralladora", me daba. todo el trabajo que yo podía hacer. Además escribí cinco novelas cortas de guerra, que luego reunió Espasa, en mi libro Frente de Madrid y que entonces fui publicando en Vértice.

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