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Edgar Neville Romrée

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El cielo por Edgar Neville

 

  Por gentileza de la autora y de la revista Nickel Odeón, que agradecemos muy sinceramente, reproducimos

este artículo y estas ilustraciones, publicados en la citada revista, con ocasión

del centenario del nacimiento de Edgar Neville Antes del 26 de abril de 1967, no sé cuánto podrían reírse en el cielo, pero, a partir de esa fecha, estoy absolutamente convencida de que no paran de reírse, de sonreírse, de sacar punta a todo, desmitificando lo grandioso de las cosas que suceden por esos lares celestiales. No en vano Edgar Neville, genio maravilloso del humor, ocupa un lugar preferente en la corte del paraíso, y eso nos conviene a todos; seguro que estará desmitificando el pecado, entre otras cosas… Si no, veamos cómo debió ser su llegada allí.

El genial Antonio Mingote, gran amigo suyo en vida, que le conocía bien, se imaginó la primera pregunta que Edgar Neville debió hacer al llegar a la puerta del cielo (lo dejó escrito en uno de sus chistes para "ABC"). Éste decía: "¿Es verdad que aquí uno se ríe mucho?" Y es que la risa era lo más importante en la vida de Neville, y como era de esperar, ante esa pregunta el ángel portero encargado de recibirle, además de quedarse sorprendido, debió contestarle algo parecido a esto:

Ángel: Es verdad… Pero reír, lo que se dice reír… Ya que lo preguntas, te diré… Te estábamos esperando como agua de mayo… Hemos oído hablar mucho de tu sentido del humor, casi perfecto, inteligente, tierno, irónico, sentimental y castizo… A mí, eso de castizo me gusta mucho, yo era de Madrid ¿sabes?… Pero pasa, pasa, y vuela hasta el Señor, ya te está esperando… ¡Pero vuela! Que ahora ya tienes alas, ¿o es que no te habías dado cuenta? ¡Ah! Pero antes, debo advertirte que el Señor, que tiene infinito sentido del humor, del más puro, te preguntará, conversará contigo poniendo a prueba tu famosa inteligencia, tu bondad, y todo por lo que ha sido posible que llegaras hasta aquí… Tú verás cómo respondes.

 

Neville: Señor, ¡eh! Oiga, Señor…

 

Dios: ¡Ah! No te había oído llegar, estaba distraído… Pero… ¡Si eres mi obra predilecta! ¿Qué tal Fernández?

Neville: No, Señor, bueno… Fernández es tu obra predilecta. Según decidí yo, en un relato mío…, pero yo soy…

Dios: Neville, Edgar Neville, lo sé, ¿o creías de verdad que no lo sabía?

Neville: No, no Señor... Verá…

Dios: Háblame de tú, Neville… Aquí todos nos tuteamos, eso sí, con respeto…

Neville: Bien, pues como le… te decía, Señor… He venido lo más deprisa posible desde que me llamaste…, pero, sinceramente, todavía no me manejo bien con estas alas… Son un poco… Bueno, que se parecen al aeroplano que quiso construir mi abuelo.

Dios: Ya, ya veo…, acabas de llegar y lo primero que haces es querer desmitificar este gran invento mío que son las alas de ángel… Pues empezamos bien… En cualquier caso… Soy muy feliz… observando El brillo de la mirada en tus ojos… Te gusta el cielo ¿eh?

Neville: Señor, sí, sí me gusta, pero El secreto del brillo… Mira, es que he pasado La vida en un hilo y sinceramente no creía en este final…, o principio… Me parece como… como Un cuento de Navidad; o como un Cuento de Carnaval, lo digo por este disfraz de alitas…; o como el de La bella durmiente del bosque. ¡Ya sabes! Por eso de al despertar… ¿Comprendes?

Dios: Pero Edgar… ¿Tú dudas que lo comprenda? ¿No sabes aún con quién hablas? Mira, Neville, como empieces con tus ironías te devuelvo… Eso no… Te mando a El infierno de aquí abajo, lo haré Poquito a poco para que notes la diferencia… De modo que no provoques El incidente… ¡Neville! ¡Que era una broma! Me apetecía sorprenderte… Verte con esa cara… Como la de Un funcionario… Estás graciosísimo, esto me gusta, nos vamos a reír mucho.

Neville: Si tú lo dices…, lo creo…; pero para divertirse encuentro muy importante que te guste El baile…

Dios: ¡Pero a quién no le gusta el baile! Si fue invento mío… Todo lo bueno lo he inventado yo.

Neville: Señor, no quiero desmitificar tu poder…, pero El baile es mío! Tú ahí no tuviste nada que ver… Si no lo crees, pregunta, pregunta en la Tierra…

Dios: ¡Pero cómo te atreves! ¿Dime alguien que pueda atestiguar eso que dices?

Neville: Sin ir más lejos, pregunta a La familia Mínguez o a Los Martínez o a Los Smith para que no sean todos españoles, o a La niña de la calle del Arenal o a La Berta y el de Logroño que, como sabes, él no era ni de Logroño sino de una de esas galaxias que tienes fuera de la Tierra…, o a los mismos Marcianos o a Chun-Fú, que tiene nombre chino, o a Las muchachas de Brunete, o simplemente a cualquier Hombre medio como José Sánchez, o a Arturo o a Cirilo, e incluso a todo mi Barrio si quieres…

Dios: Está bien, está bien, lo sé, pero en cuanto a lo de tu barrio…, tú no fuiste un chico de barrio, tú fuiste un aristócrata, con título… Conde de Berlanga… Un niño educado en El Pilar… Trataste a los más destacados personajes de tu época… Ramón Gómez de la Serna, un buen tipo del que aprendiste mucho…, y con otros como Mihura, Tono, López Rubio, Jardiel, García Lorca, Azorín, Huidobro, Arniches, Vighi, Maeztu, Díaz Plaja, Ruano… y muchos más…, a algunos los verás aquí… Os reuníais para hablar, sobre todo, de literatura en Pombo… Ejerciste como diplomático, esto te permitió conocer mundo, te aportó temas para escribir, que, reconoce, Edgar, que era lo que más te gustaba… Hiciste poesía, dirigiste películas, escribiste guiones, solo y en colaboración, además de artículos para revistas, y todo ello combinado con tu afición al deporte. Jugaste al jockey sobre hielo, donde también demostraste ser muy bueno… En París y en Milán… Practicabas tenis, equitación…; viajaste mucho; unas veces por trabajo y otras por placer… ¡Estuviste en Hollywood! ¡Ah Hollywood!… Nunca he bajado a verlo… Y creo que haría falta… En fin… entablaste amistad con Chaplin, con Mary Pickford, con William Randolph Hearst y Marion Davies y otros muchos… Trabajaste para la Metro Goldwyn Mayer, y luego para la Paramount… Escribías guiones, ¿no? Además, para que veas que lo sé todo, te encantaban los toros… Admirabas a Belmonte… Por una faena suya te nació el amor a la escritura… Todo en ti era prodigioso… Fuiste condecorado con la Cruz de África cuando estuviste destinado allí. Luego en Madrid te concedieron, por la Real Academia, el premio Fastenrath, tuviste alabanzas y reconocimientos continuamente, tus comedias de teatro llenaban los foros, los cines estrenaban tus películas con llenos absolutos… Con todo eso, y todavía tenías el valor de dudar de mí… ¿Creías que todo lo hiciste solo?

Neville: ¡Dios, qué rollo!

Dios: ¡Pero, cómo te atreves!

Neville: Señor… No quería decir… Ya me entiendes.

Dios: ¡Calla! ¡Déjame continuar!… Te enamoraste locamente de la Mujer maravillosa de tu época… ¿Cómo se llamaba?…

Neville: Conchita Montes, Señor.

Dios: ¡Calla, impertinente! ¿También pensabas que no lo sabía? Ella tendría unos… ¿Veinte añitos? Bueno, no quiero ahondar en el tema… En aquellas circunstancias no estuvo bien, pero pasemos un tupido cielo…

Neville: Eso…, de la edad de una dama no se habla… Y menos en el cielo… Tuvimos problemas…

Dios: ¡Claro! ¿Qué creías?… La felicidad eterna. Ahora sabrás que sólo se encuentra aquí… ¡Y no me corrijas!, yo puedo hablar de todo… ¿O pensabas que eras Dios? Estás aquí por tus méritos, sí, pero por mi bondad infinita… Sé bien que dudabas de mí… Y eso lo dejaste patente, en ese relato tuyo… ¡No, no digas nada! Lo sé, El único amigo. Qué… ¿lo escribiste para provocarme? Edgar, tu sentido del humor… era muy fino, era único, casi como el mío, tengo que reconocerlo… Ahora conocerás a todos los ángeles de aquí, lo están deseando. Eras el más esperado…, ya sabes, tu sentido del humor…

Neville: Gracias Señor, ya He tenido mucho gusto en conocerles…

Dios: ¡Pero cómo! ¿Antes que a mí?

Neville: Señor, creí que lo sabías… Lo sabes, pero te lo diré. Hasta llegar a ti, he tenido que volar por todo el cielo, me han parado a cada aleteo para firmar autógrafos…

Dios: Ya, ya estamos de nuevo… ¿Pretendes quitarme protagonismo?

Neville: Eso No es posible, Señor… Aunque Un caballero desconocido para mí, también con alas, me ha dicho que aquí ahora soy el más famoso… Han visto todas mis películas y teatro…, y leído todo lo demás.

Dios: ¡Claro!, claro… Aquí todos hacen lo que les da la gana… ¡Ya no hay censura!

Neville: Se lo tiene merecido. ¿No?

Dios: Y tú, ¿te lo tienes merecido?

Neville: Bueno, eso eres tú quien…

Dios: Aclaremos otra cosa, y ¿los toros? ¿Por qué te gustaban tanto?

Neville: Señor, porque donde esté un Torito bravo en una plaza…, y si era Belmonte quien lo toreaba… Mejor que mejor; eso era como estar Alrededor del gordo. Era como una Noche de amor, y si la faena era buena… Cuando agachaba La cabeza el bicho para la estocada… Eso era Gloria taurina… Eso…

Dios: No sigas… que me vas a aficionar…, y aquí en el cielo no celebramos corridas de toros, aquí no matamos a nadie… aquí glorificamos… aunque a ti…, no sé…, ya has tenido, parece, mucha gloria en la Tierra…

Neville: Tú juzgas, Señor…, pero también sufrí mucho, humildemente, todo lo hice para sacar la sonrisa de la gente, desmitificaba, algunas veces, sí, pero con amor y ternura, utilizando tus dones… Tú lo sabes…

Dios: Desde luego, por eso estás aquí… Reconozco que sacaste partido a tus talentos, ahora tienes para siempre La virtud recompensada. Fuiste, aun con tus defectos, bueno, sentimental, ingenioso, imaginativo, culto, trabajador y todo impregnado de un finísimo sentido del humor…, y eso sí fue creación tuya… Ahí está tu verdadero éxito… Por eso está aquí.

Neville: Gracias, Señor, por La cortesía…

Dios: Bien, al Fin llegó la prueba definitiva, el examen del amor.

Neville: ¡Ay! El amor… Ése es mi punto, Señor… Todo lo hice por amor, de principio a fin de la vida… No la entendí de otro modo, no tienes más que leerlo en mis poesías…No es posible que no te hayas dado cuenta. ¿Te acuerdas de… El dios que busco? Te he buscado siempre desesperadamente, pero no sabía hacerlo de otro modo que provocando la sonrisa en los otros, era mi manera de vivir…

Dios: Lo hiciste magníficamente, Edgar… pero esas cosas disparatadas que escribías, como eso de Una vaca y un señor de Hacienda, ¿qué me dices de eso?

Neville: Señor, yo…, no sé…, si piensas lo que creo, es porque no lo has entendido…

Dios: ¡Mira, Edgar! ¡Dejémoslo! Que me vas a volver loco…

Neville: No quisiera, Señor, provocar ese problema… Sería una locura infinita… Pero ¿me permites la última pregunta por ahora?

Dios: Dime, Edgar, dime…

Neville: ¿Qué tal se come aquí?

Dios: ¡Vaya! Ya lo sabía yo… Mira nuestra especialidad, son los tocinos de cielo, el cabello de ángel, los huesos de santo, las yemas de Santa Teresa, e infinitos y sabrosos platos, ya los irás probando.

Neville: ¡Ya lo sabía! Como en la tierra de uno, en ninguna parte…

…Desde entonces, exactamente desde el 26 de abril de 1967, Dios no se aburre nunca cuando le sigue los pasos un tal Edgar Neville…

Lourdes de Orduña

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