I
Se morirá los peces, ¿recuerdas?

-me dijiste- y yo no te creí

pues aún no eran de fuego mis alas

ni respiraba mi corazón humo.

 

La lluvia insistía ciertas tardes

pero yo besaba el hielo

y no mordía.

 
La gente paseaba sus perros

y había siempre una canción

que tararear.

Tocaba el río con los ojos

hasta que se perdía.

En mis manos habitaba la luz

como un pequeño pájaro.

Se secaba el viento

con un beso.

Los números no tropezaban

con la palabra fin,

y siempre había dedos libres.

 

Se morirán los peces –dijiste--

un día, se morirán los peces.

 
                   II

 Robábamos tesoros, y la arena no mordía.

Ahora el mar ha callado como un pirata muerto.

Y nos queda la noche eternamente abierta

cuando bajamos a sus bodegas

a por el vino de la vida

con los labios como pétalos tristes

y nos enciende el pecho a golpes de ceniza.

Nos quedan ya las manos estériles y mudas,

y el sonido del agua que es un pez ya perdido.

Y la sal que se erige hasta tocar el cielo.

Y los besos de ángeles caídos.

 

                 III

Buscaré en las palabras los peces

como se busca el mar en el desierto.

 

 

                IV

No había nieve en nuestros ojos.

Iban aprendiendo los colores

y el negro era difícil de retener.

 

Había muñecas y cometas.

Los desvanes eran lugares donde huir.

Allí también había peces.

No había ninguna mano al alcance.

Se metían en los sueños y resultaban de oro.

La luna era de coral.
 

                  V

Las tardes sabían a chocolate

y se extendían

como el corazón de un dios.

El olvido parecía una casa deshabitada

en la que nunca quisiéramos entrar.

Todo parecía alcanzable.

En nuestras pupilas siempre dormía el hada

que lo hacía posible.

Tocar el sol suponía desearlo vivamente.

Ïcaro alguna vez nos saludaba

cuand pasábamos por allí cerca.

 

Había tardes infinitas en invierno.

Pero mirábamos la lluvia absortos

y se deshacían.
 

A veces en las uñas nos quedaban rastros de cielo.

 

                   VI

Hacíamos entrar el río en los globos

de algún cumpleaños.

Cuando estallaban se detenía el tiempo.

Las cosas nos dejaban acariciarlas

y siempre en nuestros bolsillos quedaban monedas.

Alguna pelota se despedía de nosotros para siempre.

Pero aparecía otra como por arte de magia.

 

Era la patria donde no existía la palabra nunca.

Permanecer allí era  privilegio de dioses.

Luego nos quitaron la escalera.

Cuando despertamos al caer

se habían muerto ya los peces.
 

      sahela@teleline.es



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