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Caminaba por la calle

Caminaba por la calle, pensando en sus cosas, con cierta prisa por llegar a algún lugar, donde alguien le esperaba.

Al doblar la esquina sintió que algo en la luz del día había cambiado.  Esto le hizo volver a la realidad y prestar atención a lo que le rodeaba.  Sin embargo, algo extraño parecía suceder, de repente todo resultaba raro, no podía reconocer el lugar donde se encontraba.  Pensó que se habría perdido al haber caminado como siempre, ajena a lo que ocurría a su lado, ajena a las personas, a los sonidos, escondida en su mundo.

Enojada miró el reloj segura de que se le estaba haciendo muy tarde.  Odiaba que le hiciesen esperar y por eso procuraba siempre no hacer esperar a nadie.  Se detuvo un instante en un intento por reconocer el sitio en el que se hallaba.  Era una calle como otra cualquiera, con las mismas gentes, coches, prisas.  Solo una cosa parecía distinta.  La luz.  Había algo diferente en el color, la luminosidad e incluso en la calidez del sol.  Nunca había percibido algo parecido.

Se puso en marcha, muy despacio.  Al cabo de unos minutos prácticamente no caminaba, corría.
Una sensación de angustia empezaba a adueñarse de ella, aprisionando su pecho, acelerando su respiración y encogiendo su estómago.. incluso sus piernas parecían volverse de goma....

Todo aparentaba ser normal, como siempre, pero no, aquella ciudad no era su ciudad, no era siquiera su país, estaba segura de que ese no era su mundo.

De pronto su vista distinguió algo que le tranquilizó, un tanto.,  Era un parque y allí parecía reconocer la luz de siempre, la que le era reconfortante y  familiar.  Se dirigió apresuradamente, aun apresada por la angustia y por el miedo, hacia la entrada del que prometía ser su único refugio ante lo desconocido que la rodeaba.

De inmediato apreció el cambio.  Su respiración fue haciéndose poco a poco más pausada y la angustia desapareció al final.  Sus pulmones se llenaron de aire, de un aire puro, limpio y que la llenó de energía, sintiendo como se adentraba en todo su ser.

Ahora podía distinguir lo que la rodeaba.  Color, luz, paz...  Divisó un banco al que dirigió sus pasos sin dudar.

Imposible calcular el tiempo que estuvo allí sentada, inmóvil, aun temerosa de que cualquier movimiento pudiera romper el hechizo.

Pasos...., sí, aquello eran seguro pasos que se acercaban.  Volvió la cabeza y pudo ver como una madre y su hijo pequeño, de unos 2 ó 3 años, se aproximaban.  La mujer ni miró, como si realmente no pudiera verla, pero el niño que la acompañaba tirando alegremente de su mano sí que se percató de su presencia.  No dijo nada, sin embargo, sus miradas se cruzaron, se reconocieron, se sonrieron.

A medida que madre e hijo se alejaban, el niño no dejaba de mirarla, hasta que desaparecieron ambos de su vista.
Ella se quedó sentada en su banco, con los ojos perdidos en el vacío y en su rostro se reflejaba una amplia sonrisa.  Sentía una sensación de felicidad, pura y simple.

Transcurrió algún tiempo antes de que volviera a escuchar lo que parecían también pasos, aunque, en esta ocasión, sonaban más lejanos, más apagados, más lentos.

Era un anciano.  No recordaba haber visto nunca a nadie tan viejo.  Caminaba ayudado más que por un bastón, por  algo más parecido a una vara, aparentemente tan vieja como él.

Aunque el anciano no reaccionó ante su presencia, ella sentía, presentía su mirada, su atención.
Un ligero escalofrío recorrió toda su espalda y aun así, una gran ternura se adueñó de su pecho y sin saber porqué, bajó la cabeza, cerró los ojos y esperó a que el anciano se alejara, a dejar de escuchar sus lentos pasos.

Permaneció así, con los ojos cerrados hasta que le sorprendió el sonido de voces.  A una cierta distancia pudo distinguir a una pareja, a todas luces enamorados.   Paseaban entrelazando sus cuerpos, riendo y sin que sus ojos vieran más allá del otro.
A medida que se acercaban podía sentirse su calor, su pasión, su amor... su pletórica juventud y la energía  que ambos despedían de sus cuerpos.  No, no la vieron, no podían verla, nada existía salvo ellos.

Fue como si el mismísimo Don Tiempo se hubiese detenido, absorto y conmovido ante tanta vida.

Cuando desaparecieron una cálida sensación de vacío hizo que una solitaria lágrima se escapara como queriendo ir en su busca.

Bruscamente un nuevo ruido llamó su atención.  Esta vez era un grupo de gente que se acercaba entre murmullos ininteligibles.  No era posible captar palabra alguna y daba la impresión de que cada uno hablaba un idioma distinto.
Se preguntó cómo era posible que si todos hablaban lenguas distintas y todos hablaban a la vez pudieran entenderse como parecía que hacían.

Resultaba divertido verles pasar.  No pudo evitar la carcajada.  Los había de todo tipo y clase.  Ni la propia Torre de Babel podría haberse representado mejor de habérselo propuesto.  Cada uno llevaba una maleta o bolso o maletín o mochila que asían con verdadero frenesí, como si el perder su posesión fuera suponer perder la propia vida.
Todos hablaban, ninguno reía, ninguno atendía más que las palabras que brotaban a borbotones de sus propias bocas; eso, y llevar bien sujetas sus pertenencias.  Nada a su alrededor que fuese ajeno a ellos mismos parecía importarles.

Cuando acabaron de pasar, ella reía ya sin control.  Sin embargo, cuando dejó de oír sus voces, sintió una cierta pena y le asaltó una cierta duda sobre si no debería de haberse marchado con ellos.  Quizás no pasara nadie más por el parque y comenzó a sentirse sola, como aislada.

Mientras meditaba sobre lo que le estaba ocurriendo, notó como algo húmedo y un tanto rasposo recorría su mano derecha. Una inmensa ternura invadió su ánimo cuando descubrió un cachorrillo de perro que lamía concienzudamente su mano, agitando alegremente su rabo y clavando sus grandes ojos en los suyos cuando se encontraron con los de ella.

Algo en su interior se removió.  El pequeño cachorrillo le tiraba con sus diminutos pero afilados dientes de la manga de su chaqueta, obligándola, suave pero insistentemente, a que por fin se moviese, se levantara y le siguiera.

Su curiosidad iba en aumento.  El perro iba por delante, ladrando, saltando y sin perder de vista  los pasos que ella daba tras el animal.

Tras pasar a través de un grupo de árboles que estaban tan juntos que costaba abrirse camino entre ellos, vio que bajo sus pies se divisaba un valle, pequeño, como un cuadro, rodeado por un frondoso bosquecillo que bordeaba el terreno como si quisiera protegerlo.

A lo lejos se oía algo que sonaba como un timbre.  Cada vez más fuerte, más molesto, más inquietante.

Y despertó.

En su mesita de noche un antipático aparato le indicaba que era la hora de levantarse.
Con un ojo abierto y el otro firmemente cerrado saltó de la cama y estiró su cuerpo aun dormido.

Se aproximó a la ventana con intención de descorrer las cortinas.
La luz del día le obligó a cerrar el único ojo que era capaz de mantener abierto.
Sintió el calor del sol que traspasaba ya los cristales y una conocida sensación consiguió que ambos ojos se abriesen, pestañeando con fuerza, como queriendo enviar un mensaje en Morse a su cerebro.

Un día más.

Abrió la ventana y al asomarse contempló el paisaje que se mostraba ante ella.
Un valle, pequeño, como un cuadro, rodeado por un frondoso bosquecillo........
 

Cuando se dio la vuelta, una extraña sonrisa dibujaba su rostro.

Sabía que ya no volvería a llegar tarde.

Ayyyy Lunes de mis neuras




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